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OPINIÓN | Ser padre y madre | Marisol Ayala

Pili se casó con dieciséis años porque estaba esperando un hijo de quien no sabía si era novio, amigo o qué. Lo único cierto es que cuando tenía dos faltas supo que sería mamá, ella que no sabía cómo era el chiquillaje con el que jugueteaba alguna tarde, con trece. Pensó que tal vez su madre podía buscar salida a la complicada situación; se lo contó y entonces se llevó la paliza de su vida. Siempre creyó que los golpes que recibió tenían un objetivo, abortar. Su madre llamó al cabeza de familia y fueron en busca del chico y a fuerza de palos los padres cerraron el trato. Casarlos como fuera, pero en esa reunión de ignorantes quedó claro que la futura mama era una puta y el muchacho un machote. De aquellos días recuerda que el joven papá despreció al bebé desde que lo vio, «Con ese cargas tú, es chiquillo es tu problema».

Han pasado años, 26, y durante ese tiempo nadie salvó a la mamá precoz ni ha movido un dedo por el chiquillo. La joven madre ha limpiado todas las escaleras de los barrios en los que ha vivido con la dificultad de que con seis o siete años su hijo comenzó a tener comportamientos agresivos hasta que la mamá asustada buscó médicos. En el Materno le diagnosticaron una enfermedad mental, consecuencia de la falta de oxígeno al nacer. A veces ella lo llevaba a su lado mientras limpiaba hasta que fue imposible. Rogó mil veces a madre y marido que lo cuidaran mientras limpiaba alguna casa pero nada. La abuela le dijo que le cobraba por cuidar a su nieto y en esa soledad perdió trabajos.

Un día desesperada salió a trabajar y lo encerró en casa. Ese día el chico con doce años le prendió fuego a la casa, sufrió quemaduras. Ahora viene lo bueno.

Si no se porta bien lo echan a la calle.

Publicado bajo licencia de Blog de Marisol Ayala

 

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