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OPINIÓN | A Babor | El debate (con paréntesis) | Francisco Pomares

Parecía que el primer debate de la campaña regional, organizado por la SER y Canarias en Hora, iba a ser por fuerza una suerte de todos contra Clavijo, y de hecho, así empezó desde la primera intervención, con Vidina Espino disparando la primera en la frente nada más empezar: quejas sobre el uso partidista de la tele canaria, y acusaciones de engañar al personal con la lista regional. Culpar a Clavijo de todos los males fue también la tónica del resto de las primeras intervenciones, con el hombre visiblemente acatarrado (se la pasó sonándose), defendiendo con datos su gestión y esquivando invectivas con paciencia de santo.

El formato del debate negociado por los visires, una ristra de monólogos encadenados en la que cada presidenciable recitaba su libro sin cortes ni interferencias, no daba para más, y el rebaño invitado (periodistas y claque traída por los partidos) procedía a aburrirse con espíritu resignado: Ángel Víctor Torres, consciente de su ventaja (surfea una ola de entusiasmo socialista de la que no es en absoluto culpable) sacó a pasear los agravios del pasado y presentó las elecciones como un examen a Clavijo, predestinado al suspenso. Pero no se mojó mucho en materia de pactos, a pesar de que le preguntaron sobre eso. Quiere el socialista poder bailar incluso con las cateadas? Noemí Santana acudió pronta al rescate del Gobierno de izquierdas, y puso su sonoridad cantarina al servicio de la causa: su discurso es siempre una mezcla de politiqués esdrujulado y hojarasca feminista. No convence más que a los muy suyos, pero cansa al más pintado. Román Rodríguez, muy tocón con Clavijo, como si de pronto echara de menos la unidad nacionalista, demostró lo buen orador que es, como siempre, y despertó la mayor carcajada de la mañana al vacilarse del presidente, después de que este responsabilizara a los cabildos de los vertidos sin depurar. Luego vino el momento crítico, cuando Asier Antona pretendió resultar displicente con la novata Espino, a la que llamó «naranja ácida». No debió hacerlo, porque recibió la del pulpo, una tras otra, en una apretada pugna (a veces áspera, otras afilada) con la única aspirante de estreno, que le pasó la pulidora a conciencia y ganó por goleada.

Y esa fue la única sorpresa: escuchar a la chica de la tele ajustar cuentas a los pretendientes con más experiencia, y hacerlo en un tono distinto, fresco, sin complejos (es fácil no tenerlos cuando no se ha mentido aún al respetable) y muy pegado a la hartura de la calle. Consiguió sorprender a todos, y hasta cabrear a Clavijo (que ya es difícil), y convertir el pulso por los votos entre Ciudadanos y el PP en el combate del día. Y eso que a la media hora de empezar, la cosa había degenerado: del ordenado «yo vengo a vender mi libro» al batiburrillo coral del «todos contra todos».

El próximo debate será en la tele canaria, y la nueva no ha sido invitada. Antona puede estar tranquilo.

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