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OPINIÓN | Un encuentro con manzanas | Francisco Pomares

Saliendo de comprar el periódico y unas manzanas este Viernes Santo, me he tropezado con un amigo, un hombre mayor que yo, jubilado hace ya años. Me ha saludado con afecto, y yo a él, hacía tiempo que no nos veíamos. «Te leo», me ha dicho, «y muchas veces estoy de acuerdo contigo». Yo le he contestado con alguna de las bromas tontas que suelo gastar cuando alguien me dice que me lee» y después nos hemos despedido, no sin antes quedar en vernos un día de estos.

Cargado con las manzanas, camino de mi oficina, he pensado en lo que me ha dicho: «Muchas veces estoy de acuerdo contigo». Estoy seguro de que es verdad. Y también de que otras muchas veces no lo está: mi amigo es General retirado, está cerca de cumplir los ochenta, y es por formación y por oficio un hombre más conservador que yo. Eso jamás nos impidió tener una relación cordial e intensa, y de colaborar en algunos proyectos intelectuales. Mi amigo es un hombre culto, moderno, cívicamente comprometido con su tiempo y amante de la ciudad en la que vive. Nunca me lo he preguntado -nunca me ha hecho falta preguntármelo, como nunca me ha hecho falta preguntarme si será religioso o cuál es su equipo de fútbol- pero supongo que debe ser un hombre de derechas. Yo no lo soy, pero si algún día me encuentro en un apuro de cualquier clase, un accidente de circulación, un problema en la calle, me gustaría tener cerca a un tipo íntegro y competente como él.

Mientras intento abrir la puerta de mi oficina, sigo dándole vueltas a su frase: «muchas veces estoy de acuerdo contigo». Me alegra que valore esas veces que está de acuerdo conmigo, y no las otras muchas en que no lo está. Me alegra saber que las veces que no comparte mi opinión no le impiden celebrar aquellas en que sí. Y me alegra sobre todo saber que el hecho de que no pensemos siempre lo mismo -es probable que en la mayoría de ocasiones- no le impida leer y valorar lo que escribo.

La llave de la puerta se atasca, dejo el periódico y la bolsa con manzanas en el suelo y pienso que este país nuestro necesita ser un país de gente como mi amigo, dispuesta a reconocerse en la diferencia, convencida del valor del diálogo, gente que se niegue a poner en valor lo que nos enfrenta, gente decidida a sumar, a entenderse, a construir acuerdos, a forjar entendimientos basados en el respeto y el compromiso.

Forcejeo con la cerradura, las manzanas ruedan fuera de la bolsa y el periódico se abre. En portada, algo sobre un debate a cuatro, que unos quieren un día en una tele y otros otro día en otra tele. El gran debate de la nación es sobre qué debate hay que hacer. Surrealismo. Política de baja estofa. Elecciones. Líneas rojas. Broncas. Un circo idiota, recorrido por fronteras ideológicas, poblado por mentiras de colores, sobresaturado de insultos y ofensas. Un país, el nuestro, que no se reconoce ni se encuentra.

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