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OPINIÓN | A babor | El regalo Abascal | Francisco Pomares

TVE propuso un debate entre los cuatro líderes de los grandes partidos españoles con representación parlamentaria -PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos- que fue rechazado por Pedro Sánchez. Sánchez quería otro debate, uno en el que estuviera también Santiago Abascal, líder de Vox, porque la estrategia del PSOE en esta campaña es colocar al ultraderechista Abascal en el centro de la pugna electoral. La televisión pública no podía hacer ese debate, pero el PSOE consiguió que Antena 3 aceptara el formato, olvidándose de los cambios introducidos en la Ley Orgánica de Régimen Electoral General, que también obliga a las empresas privadas de comunicación, en su artículo 66.2 a respetar «los principios de pluralismo e igualdad» y «la proporcionalidad y neutralidad informativa en los debates y entrevistas electorales».

Un debate en el que participa un partido sin representación parlamentaria no podía ser aceptado por la Junta Electoral, y ha sido suspendido. Antena 3 busca ahora cómo conseguir que participe el presidente Sánchez, que se ha negado a hacerlo en ningún otro formato. Porque para Sánchez, Abascal es un regalo. Un regalo electoral por partida doble: permite al PSOE meterle el miedo en el cuerpo a la ciudadanía con la amenaza de un retroceso de cuarenta años y el regreso del fascismo, concentrando en el PSOE el voto útil de izquierdas; y también provoca el fraccionamiento del voto de derechas, que ha de repartirse entre tres partidos. Si Vox no existiera, el PP se movería probablemente cerca del voto del PSOE y competiría con el PSOE para ser el partido más votado en la mitad de las circunscripciones pequeñas. La existencia de Vox no refuerza el voto de derechas, de hecho lo debilita: para comprobarlo basta con sumar: es muy probable que los tres partidos de la derecha sumen más votos que los dos de la izquierda, pero que la cuenta en diputados beneficie a la izquierda.

Esta estrategia de hacer crecer la ultraderecha para dividir a la derecha tradicional no es precisamente nueva. Es exactamente la misma que siguió -aunque sin éxito- el socialismo francés durante la primera Presidencia de Mitterrand. El Frente Nacional -un minúsculo partido filofascista y xenófobo, liderado por Jean-Marie Le Pen- obtuvo unos resultados espectaculares en las legislativas de 1986, consiguiendo 35 diputados (no tenía ninguno) y debilitando a la coalición de fuerzas conservadoras RPR-UDF. El Gobierno resultante fue aun así presidido por Chirac, pero la semilla de la radicalización estaba ya echada. El partido de Le Pen, que hoy lidera su hija, acabaría por convertirse en el gran partido de la derecha francesa. En las elecciones Presidenciales de 2017, la derecha tradicional había desaparecido en Francia: al Frente Nacional le votaron casi once millones de franceses, el 34 por ciento del censo electoral. El socialismo francés sacó un seis por ciento de los votos.

Y es que jugar con fuego puede acabar quemando.

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