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OPINIÓN | A babor | Lecciones de GOT | Francisco Pomares

Si hacemos caso a los tweets publicados hasta las doce de la mañana, este país despertó el lunes muy dividido: una mitad de ciudadanos cansados y con legañas, pero felices de haber trasnochado para volver a encontrarse con John Nieve y la Madre de Dragones, y otro medio país muy enfadado por madrugar para enfrentarse al colapso de HBO y la imposibilidad de descargar el primer capítulo de la última temporada de Juego de Tronos.

Detesto la expresión transversal, pero hay pocas cosas en este país más transversales que Juego de Tronos: apasiona a los podemitas y a los de Vox por igual, y lo mismo entretiene a un monárquico conservador que a un republicano progresista. Socialistas, liberales, peperos, ácratas y nacionalistas, todos encuentran en las andanzas de Poniente alguna enseñanza que sirve para reforzar sus creencias o para descuartizar las ajenas. Yo también soy forofo, lo confieso. Cuando escribo aún no me he dejado seducir por el abrigo de chinchillas con el que Danerys llega acompañada de sus inmaculados a las murallas de Invernalia, pero lo haré en un par de horas.

Lo que más me gusta de la serie son sus lecciones: como cuando Jorah Mormont, enamorado guardaespaldas de Daenerys pero también esclavista condenado y espía al servicio del eunuco Vaerys, nos recuerda que “la gente común reza por lluvia, salud y un verano que nunca acabe. A ellos no les preocupa qué juegos jueguen los grandes señores”. Y el pérfido Meñique, dueño de los prostíbulos de Desembarco del Rey, un hombre hecho a sí mismo, sin familia ni linaje, nos revela que vivimos en un mundo donde “algunos hombres tienen la suerte de nacer en la familia apropiada; otros deben buscarse su propio camino”.

¿Y cómo busca el pérfido Meñique su ascenso social? Con el caos. Lo explica en el que es -para mí- el mejor diálogo de toda la serie. Se produce en un momento en el que la disolución del poder de los Targaryen parece ya imparable. Meñique y Vaerys hablan sobre el futuro del reino, y Meñique interviene: “El reino son las mil espadas de los enemigos de Aegon forjadas en el trono, una historia que coincidimos en contarnos una y otra vez hasta que olvidamos que es mentira”. Le replica Vaerys: “¿Y que nos queda cuando abandonamos la mentira? El caos un foso que aguarda para engullirnos a todos.” Sentencia Meñique: “El caos no es un foso. Es una escalera. Muchos intentan subirla y fracasan, nunca podrán hacerlo de nuevo. La caída los destroza. Pero otros, si se les deja subir, se aferrarán al reino, o a los dioses, o al amor. Espejismos. Sólo la escalera es real. El ascenso es todo lo que hay”.

Que yo sepa, nadie había definido nunca mejor en qué consiste el viejo juego de tronos. Siglos de guerras, confabulaciones y doctos estudios de ciencia política, para acabar concluyendo -con un proxeneta espabilado y arribista- que el poder surge del caos, y que su única esencia es perpetuarse.

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