FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | A babor | Pedir perdón | Francisco Pomares

Podemos ha sido el único partido español que ha suscrito la petición del presidente mexicano, López Obrador, de que el rey Felipe VI pida disculpas a los mexicanos por los crímenes de la Conquista. Entiendo que López Obrador saque a paseo el viejo espantajo del antiespañolismo mexicano, incluso que meta a la Iglesia Católica en el fregado.

Y la verdad es que tampoco me ha sorprendido demasiado que el partido de los universitarios indignados se sume a esta pomposa declaración de arrepentimiento por las barrabasadas que Hernán Cortes y sus quinientos soldados pudieran hacer en México. A fin de cuentas, cualquier cosa que pretenda contribuir a debilitar, zaherir o humillar a las instituciones, a Podemos le pone.

Lo que me asombra es la convicción con la que los podemitas se entregan a rescatar -a estas alturas- los topicazos de la Leyenda Negra. Eso demuestra no solo una visión acrítica de la propaganda -por muy antigua que esta sea, y esta es tan antigua como Lutero- sino un evidente analfabetismo: lo que nos dice la historia es que Cortés desembarcó con tan solo 500 soldados, y en apenas dos años había logrado no solo acabar con el imperio azteca, sino conquistar su capital, Tenochtitlan, una ciudad con más de 80.000 habitantes y perfectamente protegida, sede política y administrativa de la Triple Alianza que controlaba la mayor parte de los territorios mesoamericanos.

Hay una cierta mixtificación sobre el papel de los caballos y las armas de fuego de los aguerridos conquistadores en la toma de la ciudad, pero lo cierto es que si Cortés y los suyos no se llevaron la del pulpo en la laguna de Tenochtitlan fue porque no fueron ellos quienes derrotaron la resistencia mexicana, sino una fuerza combinada de españoles, tlaxcaltecas y totonacas, pueblos indígenas vasallos de los aztecas, que Cortés logró poner de acuerdo. En términos actuales, el fin del imperio azteca fue un ajuste de cuentas entre pueblos indígenas hartos de una tiranía despótica y criminal. Cortés se aprovechó de eso. No era un libertador, era un guerrero, un conquistador, un soldado europeo del siglo XVI, que buscaba riquezas.

Es cierto que la conquista de México produjo decenas de miles de muertos, gente que falleció contagiada por enfermedades europeas contra las que no existían defensas. Pero no se produjo ningún exterminio, todo lo contrario: tras el impacto de las enfermedades importadas, el crecimiento de la población de México se cuadruplicó en tres décadas, ente 1620 y 1650. La capital pasó de 7.000 casas a 30.000. Y no eran españoles quienes las ocupaban. La leyenda sobre el exterminio americano, surgida en el contexto de la expansión imperial española en Europa, alimentada por el luteranismo y las burguesías locales, contrasta con la verdad histórica.

El principal propagandista de la masacre de los indios, fray Bartolomé de las Casas, se inventó las cifras. La historiadora María Elvira Roca, autora de Imperiofobia y Leyenda negra, ha calculado que para que las cuentas del fraile fueran ciertas, cada uno de los españoles que vivieron en América entre 1494 y la independencia tendría que haber matado personalmente a 14 indios cada día. Por supuesto que hubo desmanes, matanzas y barbaridades sin cuento. Pero la monarquía estableció instituciones protectoras de sus súbditos, sus indios. Y defendió sus derechos en procesos perfectamente documentados. Algo que no ocurrió en los territorios americanos administrados por otras naciones.

Frente a la pujanza del mestizaje hispanoamericano, la decadencia demográfica de los indígenas de esos territorios es la mejor prueba para una interpretación histórica correcta. Aunque eso, la verdad, a Podemos le importe una higa.

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