FIRMAS Salvador García

OPINIÓN | Soportes Pintiparados | Salvador García Llanos

Será que es tan fácil mentir. E igualmente, engañar. Y será que los mecanismos para detectar los dolos y las falsedades no funcionan a plenitud. Resulta muy interesante contrastar el impacto y las consecuencias del escándalo periodístico que ha significado la publicación en el prestigioso semanario alemán Der Spiegel de una serie de reportajes, firmados por uno de sus más conocidos periodistas, Claas Relotius, cuyos contenidos estaban plagados de falacias e invenciones, no solo de hechos y testimonios, sino de hasta fuentes y paisajes. El escándalo está servido.

Es la era de los bulos y las paparruchas, no hay duda. Y nadie es capaz de asegurar que tenga un punto final. O lo que es igual, hasta cuándo se va a prolongar. Son constantes las apelaciones, venidas de organizaciones y hasta de los propios gigantes de la comunicación en la red, a la profesionalidad, al rigor y a la veracidad pero parece que es difícil librarse de las tentaciones y de los riesgos. ¿Quién tira la siguiente piedra cuando The New York Times, con el caso Jayson Blair, publicó durante diez años reportajes inventados, o cuando ahora Relotius pone en jaque a una cabecera de tanto prestigio como Der Spiegel?

Todos tenemos que aprender. El daño que se causa a una publicación y al periodismo en general es de tal magnitud, cuando se descubren estos trabajos fraudulentos, que se hace indispensable extremar todas las medidas de precaución. Los informadores, los periodistas saben que trabajan con un instrumento esencial como es la verdad a la hora de transmitir o publicar información. La realidad no está para estropear sino para fortalecer la credibilidad. Si la imaginación vuela más alto o es incontenible, se puede incursionar en la literatura, se puede ensayar en otros campos pero el periodismo y la información deben quedar al margen.

Aplíquese también para quienes deforman y retuercen el género de opinión, expresándose alegre y negligentemente, adjetivando sin ton ni son, o construyendo universos paralelos como le gustaría que fuese la realidad, su realidad.

Cierto que Der Spiegel, una de las referencias cualitativas del periodismo europeo, ha reaccionado y ha entonado el mea culpa, una vez que sus responsables comprobaron que el redactor había sorteado los controles de la verificación o comprobación de datos. Eso honra a la publicación, de gran prestigio, como se sabe. Abrió una investigación, publicó un número especial para dar explicaciones y señaló el posible contenido fraudulento de los trabajos de Relotius.

Pero el daño ya está hecho, se dirá, Precisamente por eso, para que no se repitan situaciones como esa, hay que extremar las exigencias. Para frenar a tiempo la pérdida de credibilidad que genera una publicación de este tipo, para cumplir a rajatabla con los principios elementales de la ética periodística y de cualquier código deontológico. Es la reputación de un medio la que se ve dañada pero, por extensión, toda la prensa, todo el ámbito mediático. Luego hay que esmerarse para que las exigencias de los consumidores de la información se vean justamente correspondidas y para que quienes critican a la profesión y sus productos, desde políticos de cualquier condición a los propios comunicadores, no dispongan para hacerlo de soportes pintiparados.

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