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OPINIÓN | Murgas, periodismo y viceversa | Agustín Gajate

Ahora que terminan los carnavales en la mayoría de los lugares donde se han venido celebrando quizá sea el momento de hacer una reflexión sobre los desencuentros entre dos de los colectivos más críticos y satíricos relacionados con estas fiestas: las murgas y los periodistas.

Desde que llegó la democracia viene siendo tradicional que en las letras de las murgas se incluyan comentarios más o menos sarcásticos y, en ocasiones, más o menos ofensivos dirigidos hacia algún periodista, que últimamente casi siempre suele ser el mismo, creo que más por costumbre que por merecimiento; no por él, sino también por el resto de los informadores, entre los que hay buenos, regulares y malos en el ejercicio de su actividad, como en todas las profesiones.

En general, las murgas recriminan a los periodistas que no informen de algunos asuntos que les parecen interesantes para la ciudadanía mientras que sí informan de otros vinculados a los intereses políticos y empresariales dominantes. Por su parte, los periodistas reprochan a muchas murgas su falta de humor, ironía e ingenio, además de que en algunos o muchos momentos no se entienda lo que cantan.

Este año me llamó la atención una letra interpretada por Los Bambones en la final, que creo que resume a la perfección el sentimiento y el resentimiento hacia los comunicadores y que contiene buena parte de los ingredientes que han hecho grande a esta murga a lo largo de su historia. La estrofa que cantaron dedicada a los profesionales de la comunicación decía así:

“Estoy leyendo en twitter, vergüenza dan

como los periodistas, en cada final

se calientan la boca pa ganar

como disfrutan dando leña a los murgueros

murga decepcionante, no tienen magia, no dan pa más

murga que no conecta, no tiene arte pa criticar

lo dicen los periodistas ¡tremendos huevos!

cuando más te humillan, más grande es ¡coño! su titular

pa eso sacaste una carrera, para insultar a unos murgueros

tantos estudios, noches en vela, para acabar siendo un rastrero

pa eso son valientes y no dan nunca ni un paso atrás

pero no hay cojones de criticar a quien deberían

al que está mamando de mi carnaval

no has escrito ni un renglón de que Galdys de León

no soporta al director de la gala

ni de murgas que a ensayar van al Recinto Ferial

y tú sabes las que son y te lo callas

Pues si ves que Carlos Mas el sonido la cagó

que se oigan unas murgas y otras no

¡Periodista! Te regalo un titular para mañana

mientras esta murga es libre tú te cagas

yo critico y tú obedeces al que paga

yo soy libre y tú obedeces al que paga.”

 

No soy un especialista en información sobre carnaval, ni conozco los entresijos de la organización de los concursos de estas fiestas, pero sé que nunca llueve a gusto de todos cuando lo que se persigue es un premio y la labor de los integrantes de los jurados resulta muy complicada cuando quieren decidir en justicia, lo mismo que sucede con los periodistas que realizan la información, porque existe una elevada carga de subjetividad en las decisiones y cada uno tiene una perspectiva diferente sobre lo que acontece, lo que constituye una de las debilidades de todos los certámenes y, a la vez, una de las grandezas de la libertad de expresión.

Sobre lo que sí estoy convencido es que nadie es perfecto, ni los periodistas, ni los políticos, ni los empresarios, ni los funcionarios, ni los organizadores de eventos, ni los integrantes de un jurado, ni los técnicos de sonido e iluminación, ni los murgueros. Supongo que todos tratamos de hacerlo lo mejor posible en nuestras respectivas profesiones, tareas y aficiones. Además, que yo sepa, ser murguero todavía no es una profesión y espero que nunca lo sea, porque entonces el resultado de esa vocación será igualmente interesado y no tan libre como se predica desde este colectivo.

Una de las críticas más frecuentes que se le hace a los medios de comunicación es que no ofrecen la información que demanda la sociedad, sino la que interesa a algunos políticos y empresarios. Sin embargo, en la actualidad, existen muchas maneras de saber si lo que dicen los medios y los profesionales interesa al público, ya que cualquiera puede difundir contenidos a través de redes sociales y éstas determinan a cuantas personas han llegado el mensaje. Dentro de este escenario, la información de los medios sigue teniendo mucha relevancia, hasta el punto que suele ser utilizada precisamente por las murgas para elaborar las letras de sus canciones, donde encontramos que vuelven a reprobar lo que ya hicieron otros periodistas antes, a veces hasta con más gracia, y por eso se les critica, porque se espera de ellas que aporten originalidad y frescura en los temas que abordan.

La realidad es que los medios y los profesionales tienen muchas limitaciones de espacio y tiempo, más que de libertad, y no siempre pueden difundir todas las informaciones que les gustaría, por cuestiones de relevancia dentro de la actualidad, y cómo les gustaría, en extensión y profundidad de análisis, pero tampoco encontraríamos gente que tuviera tiempo para enterarse de todas ellas. Es más, según los últimos estudios y justo en la denominada Era del Conocimiento, con más recursos humanos y tecnológicos a nuestro alcance que nunca, en nuestro país cada vez las personas dedican menos tiempo a informarse. Incluso hay quien piensa que las noticias que ofrecen los periodistas y los medios o son aburridas o son sensacionalistas, como si la realidad tuviera que ser siempre divertida o repleta de efectos especiales.

Sinceramente creo que un carnaval con murgas y con su afortunada o desafortunada crítica es un carnaval mejor. Yo prefiero el mío, el que conozco, el tinerfeño, al de Río de Janeiro, Venecia o Düsseldorf, por citar algunos, y no quiero imaginarlo en el futuro sin murgas. Como tampoco quiero imaginarme una sociedad sin periodistas polémicos, sin prensa controvertida y sin libertad de expresión, simplemente porque sería una sociedad bastante peor, aunque hay quien considera que los profesionales de la comunicación, como los propios murgueros, somos un estorbo y un incordio en la construcción de un futuro globalizado ‘perfecto’.

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