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OPINIÓN | A babor | Vuelve Segura | Francisco Pomares

El Consejo Rector de Casa África acordó el pasado viernes el nombramiento del tinerfeño José Segura como director general de Casa África, tras aprobar el cese de Luis Padrón. El nombramiento, esperado desde hacía algunas semanas, se retrasó por la resistencia de Padrón, que esgrimió un contrato con blindaje para intentar mantenerse durante algunos meses más. La decisión de colocar a Segura al frente de esta institución diplomática, radicada en la ciudad de Las Palmas, fue impuesta por el ministro de Exteriores, Josep Borrell, a pesar de la resistencia de la Delegación del Gobierno, que había propuesto al Ministerio otros militantes socialistas más vinculados a la actual dirección regional que Segura, un histórico del PSOE que abandonó las Cortes en 2016, tras cinco legislaturas como diputado y dos como senador, interrumpidas solo para ocupar durante una legislatura la Delegación del Gobierno en Canarias.

Son precisamente esos años en la Delegación del Gobierno de Canarias los que avalan su elección para Casa África: Segura fue delegado durante la etapa más dura de las sucesivas oleadas de inmigración irregular que llegaron a las costas de nuestras islas. Para atender la tensión informativa generada por la llamada crisis de los cayucos (más de 31.000 inmigrantes en solo un año), yo hablaba con regularidad con el delegado, al que conocía de antiguo. Puedo por eso decir que la inmigración cambió a Segura. Ser testigo en primera fila de las vivencias de los inmigrantes que llegaban en oleadas a nuestras costas, después de pasar varios días hacinados en pateras, percibir su sufrimiento y su esperanza, hizo de Segura un hombre más completo, más humilde y más noble. Escuché una vez decir al presidente de la Audiencia Nacional, José Ramón Navarro, que compartió con Segura las vicisitudes de aquellos años de inmigración descontrolada, que la inmigración no solo cambió a Segura, que también Segura cambió la actitud de la Administración española con la inmigración irregular, la forma en que las sociedades modernas afrontan el fenómeno migratorio. Segura se implicó personalmente en la gestión de un problema que parecía irresoluble, desde el compromiso con su conciencia y asumiendo un concepto de servicio público al que supo incorporar a miles de desfavorecidos por la fortuna que nunca habrían de devolverle nada, ni falta que hace. Hoy son ley en la Unión Europea -cuando se hacen las cosas bien- los protocolos diseñados por Segura y establecidos por el Gobierno de España para hacer frente a las avalanchas migratorias. Y cuando no se aplican nos encontramos con el diario escándalo de deportaciones, hacinamiento y barbarie al que parece que nos estamos ya acostumbrando.

Algún resentido ha afirmado que a Segura se le premia con un cargo. Yo diría, parafraseando al juez Navarro, que es a Casa África a quien se premia con Segura. Es probable que no esté mucho tiempo por allí, y supongo que él lo sabe, porque este país no valora el compromiso público o la ejecutoria de sus dirigentes, sino su fidelidad perruna al que manda. Pero el tiempo que Segura esté al frente de Casa África, sea mucho o poco, será recordado como un tiempo de actividad productiva, de contactos y relaciones y de gestión decente de una institución española radicada en Canarias, hoy con poca proyección pública y escasa entidad diplomática.