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OPINIÓN | Ver, oír y callar | Marisol Ayala

Se llama Antonio Santana y en pocos días estrenará jubilación. Durante 49 años ha sido funcionario de la Administración de Justicia, correcto, fiel, mago entre sumarios, un trabajo de cuyos vericuetos lo conoce todo y no ahora, cuando la informática ha ordenado el caos del pasado, no, antes, cuando los legajos amarillentos se amontonaban en sillas, mesas, suelo: Allá donde había un hueco reposaba un metro de papeles y a modo de marcadores, papelitos de colores con una referencia que solo entendía él. Antonio “el del juzgado” ha vivido cinco décadas entre legajos, en un desorden ordenado.

El caos judicial de entonces lo manejó como nadie.  Está dotado de una memoria privilegiada que le permite recordar nombres, apellidos y causas con tan solo dos apuntes. Más. Santana le facilitaba el contenido de los escritos a los abogados, procuradores o jueces porque hubo un tiempo en el que la Administración de Justicia no tenía ni fotocopias, tócate el pie, de ahí el valor de su organización y memoria.

Antonio pasaba a mano los datos más importantes de esos textos y así escapaban.

Veinticinco años estuvo destinado como Oficial de la Sala de lo Penal de la Audiencia Provincial de Las Palmas, tal vez los años en los que se celebraron los juicios más mediáticos de los últimos 50 años en la isla. Casos conocidos como “Belén María”, “La Parricida de Tafira”, “Cathaisa”, “El Rubio” o “El Crimen del Contenedor”, entre otros, los vivió entre jueces, abogados y acusados.

Es el momento de decir que Antonio ha sido la persona que desde mi primer día como redactora de tribunales me orientó en el complicado lenguaje del Derecho, me enseñó el camino y sus personajes. Gracias a él conocí a los mejores letrados, a las figuras importantes de la justicia, delincuentes incluidos, lo que para quien entra en esa maraña es una enseñanza impagable.

Cuando batallas relacionadas con su trabajo te lleva a un país en precario.  En 49 años se ha codeado con lo mejor y lo peor de la sociedad pero siempre ha sentido compasión por el delincuente desgraciado, ese que llega a la cárcel después de mil tumbos desde la adolescencia. Va de gruñón pero es muy buena gente y tiene poco aguante para las boberías, bueno, en realidad no admite tonterías en su trabajo, que es distinto.

Antonio ha tenido acceso a valiosos documentos que siempre custodió con celo. Su lema, ver, oír y callar.  Fidelidad extrema, funcionario ejemplar que vale más por lo que calla que por lo que cuenta.

Fuente: Blog de Marisol Ayala

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