FIRMAS Marisol Ayala

FIRMAS | Abrazos pendientes | Marisol Ayala

Su consulta es un peregrinar. Es un médico atípico si miramos lo que hay alrededor. Una cosa rara. Por ejemplo, mientras tiene pacientes en la sala de espera no echa el cerrojo. Solo exige paciencia y lo que pide se lo dan. Nunca tiene prisa y le adorna una particularidad que para los que nos gusta contar lo que vemos lo engrandece aún más. En la consulta anota en una ficha un breve perfil del enfermo que atiende, si su relato le motiva, sí las confidencias despierta su curiosidad. Nunca identifica al protagonista de la historia de la misma forma que yo no lo hago yo con él. No le conozco personalmente, no le pongo cara pero lo que sé de su actividad médica me atrae. Amigos comunes hablan desde hace años de su compromiso con la medicina, con sus enfermos su filosofía de vida con los que sufren lo que despierta curiosidad. Canarias han pasado por sus manos, por sus manos, por sus oídos, por su empatía, por su compresión. No es extraño encontrar en su modesta sala de espera a pacientes de Betancuria, Altos de Guía, Tejina o Corralejo, un amplio abanico de nuestras islas.

Es enemigo de la notoriedad y la discreción es su religión por eso este texto lo escribo contando sin contar, que no pretendo alterar su anonimato, alterar su vida exponerlo, vamos. Y se preguntarán, ¿por que escribo hoy de él? Por lo que van a leer a partir de aquí.

Hace unas semanas una mujer pidió hora en su consulta. Quería que la viera el doctor; estaba aquejada de una dolencia  cutánea que poco a poco se le ha extendido por todo el cuerpo. «A ver, ¿qué le pasa?». Y entonces ella le contó su desconcierto, sus molestias. El médico la dejó hablar hasta que formuló la pregunta clave. «No, no, háblame de esa pena que tienes en el alma…». Ella lo escuchó y comenzó a llorar. Fueron hora y media de duras confidencias que tiene como único titular un doloroso «soy lesbiana, hace 19 años que tengo pareja y no puedo ser feliz. Mi madre ni me acepta ni me quiere. Jamás me ha dado un abrazo, jamás…». El galeno respetó su tiempo de lágrimas y finalmente le recetó unas pomadas «que no servirán de nada pero úsalas. No existen cremas para la pena…», le dijo. Cuando terminó la consulta la puso en pie, y la abrazó. “Y seguro que te quiere, seguro”, le susurró.

Qué daño hace la intolerancia.

Fuente: Blog de Marisol Ayala

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