FIRMAS Francisco Pomares

A babor | Histeria desatada | Francisco Pomares

El presidente Sánchez ha amagado con juntar las elecciones legislativas al resto de las que van a celebrarse el próximo mes de mayo. Un dolor de cabeza para quienes acudan a votar en Canarias, con hasta siete urnas -una para municipios, otra para cabildos, otras dos para las listas insular y regional de las autonómicas, otra para las europeas, otra para el Congreso y otra para el Senado-. Para poder exponer todas las candidaturas juntas sobre una misma mesa vamos a tener que sustituir los colegios electorales por campos de tenis.

Pero eso tampoco es lo peor. Lo peor es tener que soportar la histeria desatada -desde aquí a mayo- en todos los ámbitos de la vida política: diputados insultándose, diputados haciendo como que escupen a los ministros, diputados siendo expulsados del Congreso, diputados abandonándolo en solidaridad con los expulsados, diputados que gritan, se amenazan, se burlan unos de otros, y el diputado Rufián convertido en estrella de esta desvergüenza que todo lo contamina. Pero no ocurre sólo en las Cortes. En todas las regiones se desarrolla una batalla en la que -a imitación de la ópera bufa congresual- políticos de pelajes diversos se insultan y maltratan ante el respetable. La cascada de este basural baja por los ayuntamientos hasta las pedanías y todo lo contagia y consume. Vivimos instalados en una suerte de histeria mayúscula, una tormenta perfecta de agravios y amenazas, de escupitajos y bajezas.

 

Eligio Hernández, que fuera delegado del Gobierno en Canarias y luego Fiscal General del Estado, suele decir que la clase política que soporta este país es la peor desde la Transición. Llevamos escuchando esa reflexión desde el inicio de la Transición, casi desde que Adolfo Suárez decidió constituir su Gobierno de penenes, para cabreo general de aspirantes de mayor renombre y relumbrón. El problema es que la percepción de Eligio Hernández, sin ser precisamente una novedad, es hoy compartida por millones de conciudadanos que nos preguntamos qué grave falta habremos cometido para merecernos colectivamente el castigo de una clase política envilecida hasta el paroxismo, que sólo piensa en sí misma y en sus prerrogativas, incapaz de cerrar un sólo acuerdo y a la que el patriotismo no puede siquiera suponérsele. La zafiedad, grosería, ausencia de civismo y educación de quienes nos representan se está convirtiendo en una plaga bíblica. ¿No hay gente decente entre toda esta recua de gentuza? Por supuesto que debe haberla, es imposible tal concentración de miseria y estulticia. Pero los discretos se esconden acobardados detrás de los que se gritan y se insultan, los que se retiran la palabra, se acusan de fascistas, golpistas, ladrones y corruptos. Y la nueva política que venía a salvarnos del mal gobierno y el aburrimiento de tantos años de actores repetidos y ‘Día de la marmota’, sólo parece contribuir a fomentar la ingobernabilidad, la crispación y la violencia.

Vivimos un tiempo de histeria apocalíptica que no nos merecemos. Manuel Vicent, desde su tira semanal en El País, nos recordaba este domingo que el nuestro es un país de gente estupenda (tan estupenda como la de cualquier otro sitio) y en ocasiones (en otras no) más feliz, más sensata y más solidaria que la de otros lugares. Así es la gente real, nuestros vecinos y conocidos. ¿Que habremos hecho entonces para merecer este club de chulos, gritones y faltones? La respuesta es mucho más sencilla de lo que podría parecer. Lo que hemos hecho para merecerlos en votarles.

En mayo, o cuando toque, elija usted a gente más empática y cordial, más educada, capaz de entenderse. Gente que no crea que el mundo se cambia escupiendo las propias razones (o los propios gargajos) sobre la cara de los demás.

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