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Directivos sin valores, Empresas sin alma | José Ramón García Melián

Hoy me he llevado, más que una alegría, una sorpresa, cuando he comprobado que una de nuestras empresas multinacionales, ha decidido incorporar en su código ético del 2018 la palabra “honestidad”, palabra que en versiones anteriores, de forma escandalosa, no aparecía por ningún lado. Sin embargo, a pesar de que pueda parecer incoherente lo que voy a decir, casi que me parecía más acertado antes, cuando no mencionaban la honestidad en su código, porque al menos eran consecuentes o consonantes con lo que luego practicaban, no todos, pero sí algunos de sus directivos.

Y es que todavía hoy en día algunos consejos de administración de grandes corporaciones siguen valorando en sus directivos, de forma prioritaria, la capacidad de generar negocio sin importar mucho, o sin querer saber, el método que utilizan para ello (“el fin justifica los medios”), a pesar de que en su desempeño interno, con su personal, su conducta sea despótica e irreverente.

Creo firmemente que, de la misma manera que demandaba supervisión, o más supervisión, por parte de la Administración en la ejecución de los contratos públicos, también en la ejecución de lo cotidiano en las empresas es precisa mucha supervisión proactiva.

Afortunadamente, a lo largo de mi vida profesional, como empleado, no he tenido que sufrir y soportar a tales directivos, al contrario, he tenido la fortuna de trabajar con directivos extraordinarios y de los que he aprendido muchísimo, aunque es cierto que alguno era un poquito raro, ¡de ese tipo de rareza que viene de serie en algunos artistas! Sin embargo, como proveedor, he presenciado situaciones lamentables de desprecio, falta de respeto y desconsideración de algún directivo hacia su personal; jefes y mandos intermedios.

Esa falta de, vamos a decir, humanidad de la que hablo me supera y me indigna especialmente. Pero más me indigna que los que están en la cúpula de la empresa miren para otro lado o simplemente desconozcan la calaña de algunos de sus directivos.

La vida ya tiene suficientes “alicientes” como para que alguien que ostenta un cargo directivo te haga sentir que vales menos que nada y que en el fondo la vida te ha sonreído al permitirte trabajar con jefes como ese.

El trabajo no puede ser fuente de tristeza, soledad, impotencia… El trabajo tiene que ser una oportunidad para el desarrollo de habilidades, relación, colaboración y convivencia, de sentimiento de pertenencia, fuente de inspiración, una oportunidad para desarrollar el talento, una oportunidad para la participación, la creación y la evolución.

El código ético de una empresa no solo tiene que estar enfocado en sus clientes y proveedores, también, e incluso primero, debe estar enfocado en sus trabajadores, en el grupo humano que conforma la plantilla de esa empresa. Los valores no pueden ser utilizados para funciones relacionadas con el marketing o la estética. Los valores, entre ellos la honestidad, son guía y fuente de referencia de lo que tiene que ser el comportamiento de las personas que integran el grupo humano de una empresa. Los valores forman parte de la propia identidad, como personas y como empresa. Sin valores no existe evolución humana, solo evolución industrial. Sin valores no hay alma.

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