FIRMAS Marisol Ayala

Pobre infeliz | Marisol Ayala

Nunca se supo si aquello era amor o qué era. Había opiniones. Unos hablaban de obsesión y otros de manipulación. Ella decía incluso después de muerto un «lo amaré siempre», confesión que sorprendía a unos e indignaba a los que conocieron a la extraña pareja. Fue una buena mujer que perdió la dignidad cuando se disfrazó de felpudo y lo cuidó con mimo, vivía para él. Ella murió hace unos años pero antes paseó el dolor de su luto a cara descubierta causando entre compasión y burla.

Vivía en el norte de Gran Canaria pero les gustaba tanto la noche que un chófer los trasladaba a la capital hasta llevarlos de nuevo a casa. El no era muy feo pero enano y moreno teñido. No se sabe por qué pero aún así se lo rifaban. Presumía en las narices de su mujer de ser un picaflor pero ella no se enteraba, hasta que se enteró, claro. Alguien le contó un día que una vecina joven había tenido un bebé, más tarde otro. La mujer oyó el chisme pero no le dio importancia, de hecho le oyeron comentar un compasivo «tan joven, por Dios…». Dieciséis primaveras.

Pasaron unos años y la vida siguió igual o al menos eso creía ella. A veces estar rodeado de personas que todo lo saben es arriesgado porque tienen la necesidad de demostrar que ciertamente saben mucho. Van dos pasos por delante sin importarles el daño que causa la lengua. Los niños crecieron y ya se preparaban para la Primera Comunión, es decir, comenzó un trasiego a la parroquia del barrio.

Un día de Catecismo alguien decidió joderle la vida sin ahorrar esfuerzos en cuyo destrozo su marido había dado los primeros hachazos. Empezó con un «dicen por ahí que ese chiquillo se parece a tu marido, mala que es la gente…». Precisa daga. Días más tarde culminó la maldad con un «mejor que lo sepas… tu marido le paga el colegio a los niños, entra mucho a esa casa…”. Y se destapó todo; los dos hijos eran de su hombre pero era una mujer comprensiva y lo perdonó. Más tonta y no nace. Los negocios del matrimonio sirvieron para mantener a los dos niños y a la mamá.

Sólo al padre de la mujer vejada un día se le hinchó la nariz lo esperó en la calle  y le dio un par de puñetazos. Le rompió hasta las gafas. Su hija estuvo años sin dirigirle la palabra.

A su padre, claro.

Fuente: Blog de Marisol Ayala

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