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El sueldólogo y la gallina clueca | Óscar Izquierdo

El sueldólogo o la sueldóloga, que en esto la ideología de genero es paritaria tanto en cantidad como en la definición, es un espécimen muy habitual en la política española y especialmente abundante en la canaria, donde se convierte en una especie endémica. Son personas acostumbradas a vivir, por cierto muy bien, del erario público, ocupando cargos y funciones en las distintas administraciones, empresas o entes oficiales, por años sin término, agazapados a la sombra del poder para mantener prebendas, que, de otra manera, serían impensables que consiguieran. Son verdaderos especialistas del camuflaje, que para sobrevivir en sus puestos, se adaptan a cualquier situación o se hacen fieles servidores del jefe de turno que les posibilita el cargo, mimetizándose de tal manera, que suelen ser como copias clonadas del que manda.   Para subsistir son capaces de todo, incluso de llevarse por delante a cualquier contrincante peligroso que pueda despojarlo de la posición que ocupa; su dignidad, en la mayoría de los casos, está desaparecida porque no la ejercitan. Se pirran por un coche oficial, un buen restaurante, un hotel de lujo, una foto, una rueda de prensa, una procesión religiosa, pero lo que más les agrada es mandar, sentirse importante e imprescindible y llenar su tiempo de trabajo haciéndose muchos selfies de sus actividades cotidianas o extraordinarias.

Es una élite burocrática, que convierte la gobernanza pública en un asunto doméstico a beneficio personal, lo importante no es resolver la problemática que se produzca y padezca la sociedad, sino asegurarse un sueldo con el que vivir holgadamente. La preparación académica, técnica o profesional para ocupar responsabilidades públicas, no les preocupa, ya que lo importante es ser fiel, aguanta todo, sumiso, recadero y por encima de cualquier otra consideración, ser un incondicional miembro del partido político correspondiente. Por lo que se observa, esta es la mejor carrera que se puede hacer para asegurarse un futuro estable, confortable y ganancioso, desde luego, exige menos esfuerzo que realizar estudios superiores. Lo paradójico, es que después, desde sus confortables despachos con moqueta y aire acondicionado, insisten una y otra vez a los jóvenes, en que es necesario formarse, cuando ellos, en la mayoría de los casos, no han dado ejemplo y si lo dan es del listillo o listilla, que se aprovecha de sus habilidades confabuladoras para subsistir en la plaza ocupada. Da lo mismo la misión que tengan encomendada, sepan o no del asunto, se atreven con todo, con la mayor desvergüenza y en algunos casos, falta de criterio ético o moral; el mismo sueldólogo o sueldóloga a lo largo de los años es capaz y se aventura a ocupar responsabilidades para las que no tiene capacidad ni preparación. Así hay algunos y algunas que llevan décadas viviendo del cuento, contando milongas y no resolviendo nada, convirtiendo la actividad pública no en un servicio, sino en un oficio. Valen lo mismo para un potaje que para un cocido.

A estas alturas ya todos tenemos en la mente a personas que podemos identificar, son tantos, tan repetitivos, que es fácil hacer un mapa humano en las distintas administraciones o entidades públicas, donde poner cara, nombre y apellidos. Nadie asume responsabilidades públicas por obligación, el motivo puede ser por vocación, por necesidad o por cubrir la propia vanidad, pero nunca es forzado a no ser que se dependa de esta función para sostenerse económicamente. Son una especie de gallina clueca, la cual, cuando le entra el instinto maternal, se pone a incubar los huevos, estén o no, da lo mismo que se les retiren, ella persevera en su nido incubando a sus futuros pollitos, además se reconoce a una gallina clueca porque permanece en el nido todos los días, no se mueve de allí, ni para comer. Pues si hacemos una traslación imaginaria, los personajes a los que nos estamos refiriendo vienen a ser lo mismo. Cuando ocupan un puesto, lo protegen con tanto ardor que no se levantan de la poltrona, sino para sentarse en el coche oficial, en el avión, en la silla del hotel de lujo o en el asiento del restaurante pijo. Perseveran en sus innatas maniobras para mantener sus estatus, traicionando si es el caso, a su propia sombra. Manteniéndose incólumes, a pesar de los pesares, de los vaivenes, del paso del tiempo, de los cambios funcionales y de las obligaciones adquiridas; son perpetuos, son los políticos cluecos.

Verdaderos expertos en supervivencia salarial, tienen una temporada inquietante cada cuatro años, se vuelven sumamente desconfiados, ven enemigos por todas partes, sólo piensan en perdurar en el cargo; esta etapa se produce meses antes de las elecciones; empiezan a intrigar para colocarse en puestos de salida en las listas electorales o ganarse el favor del líder de turno para que los incorpore en su equipo más íntimo y de esa manera optar a algún premio de consolación, que le puede significar tener un sueldo asegurado durante unos años más y es que hace mucho frio fuera de la confortabilidad del despacho oficial, entre otras cosas, porque la mayoría de las veces no tienen donde cobijarse laboralmente fuera de la actividad política.

Ante este panorama, que no es ninguna exageración, sino una realidad comprobable y demostrable, podemos entender con más claridad las deficiencias que tenemos en nuestro territorio, así como también en el sistema económico y que repercute indudablemente en la falta de gestión eficaz, diligente y resolutiva de los problemas que padecemos. Ejemplo son las colas en nuestras vías, los atascos circulatorios, los continuos errores en políticas de movilidad, la desvertebración territorial, la falta de cohesión social, el impedimento a la productividad de las empresas, los retrasos en los proyectos, expropiaciones,  licitaciones y adjudicaciones de obras, los impedimentos para la actividad económica, el frenazo a las inversiones, el entorpecimiento de la creatividad en la iniciativa privada y como consecuencia de todo lo anterior, la imposibilidad de crear más empleo y trabajo para todos. Es cuestión de empezar a describir las fallas estructurales que complican el desarrollo sostenible e integral en nuestra tierra, a pesar del “silencio sonoro” que se estila en nuestra isla, por parte de quienes tendrían que levantar la voz. Es el momento de Tenerife y tenemos que aprovecharlo.

 

Óscar Izquierdo es Presidente de FEPECO

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