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Lo innecesario y lo suficiente | José Oriol

Desde hace algún tiempo y dentro del conjunto de transformaciones radicales que están  ocurriendo en el mundo, la condición íntima de las personas ha empezado a ser tratada como  un derecho personal. Todos los argumentos religiosos, biológicos y psiquiátricos, que hacían  de la orientación sexual un asunto sobre el que la iglesia podía pronunciarse,  la genética  dar  fundamento científico, o algunos psicólogos y psiquiatras dictaminar algún tipo de trastorno, están ahora profundamente cuestionados y han dejado de ser aceptables  como descriptores  de la realidad  humana.

En su lugar, hay ahora un discurso ético y humanista, según el cual las  personas tienen todo el derecho del mundo a expresar  cuanto llevan en su interior y para identificarse o relacionarse como les venga en gana.

Tanto es así, que seguramente muchas personas se sienten plenamente identificadas dentro  de una categoría que las clasifica por su conducta sexual, mientras otras,  se sienten muy  incómodas, prejuzgadas por sus preferencias íntimas.  De hecho, hay una serie de categorías  emergentes, como «frikie» o «influencer», o «milenial» aceptadas socialmente, que carecen del  peso atributivo de «homosexual», usado de modo genérico.

La homosexualidad, convertida en  categoría de identificación social está plagada de expectativas y prejuicios, con los que se  agrupa ficticiamente a personas que nada tienen en común. Por el contrario, al decir que alguien es heterosexual se le convencionaliza  de inmediato,  su conducta íntima no se  relaciona con una serie de estereotipos y expectativas en el ámbito de lo público.

Su vida  sexual no está señalada socialmente y no es un predictor de nada, como si dispusiera de un  crédito de «normalidad» por variados o imaginativos (o perversos)  que pudieran ser sus  juegos eróticos.

Y aunque nuestra sociedad  haya emprendido la cruzada de proteger  la libertad personal y la  diversidad, como fundamentos del derecho a ser quien se quiera y a relacionarse con otras  personas en los términos que se quiera y proclamando la legitimidad de todas las opciones,  se siguen haciendo discriminaciones entre personas que han sido categorizadas por sus  preferencias sexuales, como si ellas, esas preferencias pudieran constituir en nuestro mundo,  una categoría de identidad personal.

En este debate sobre lo íntimo, los derechos  y las  relaciones,  la sociedad continúa internándose en el callejón sin salida de establecer, fijar,  anudar, el sentido de los géneros, como si las personas no fuéramos capaces de zafarnos de  toda simplificación.

Describir a los seres humanos por el tipo de prácticas sexuales e íntimas  que realizan implica confundir la parte del sexo con el todo de la persona y un gesto de intolerancia y señalamiento incompatible con una sociedad abierta  y diversa, que a veces la  propia persona acepta, enemistándose con su cuerpo y con su aspecto. Este debate urgente  sobre quien se es en lo público a partir de qué se hace en lo privado, se ha trasladado a las categorías para la observación de la realidad, es decir, ha impulsado el debate sobre el lenguaje y sus efectos prácticos en la promoción de comportamientos, modos de relación y  descripciones de la realidad. Señalar y extraer términos cargados de prejuicios limitadores y  realizar propuestas alternativas implica encontrar palabras capaces de soportar y generar  posibilidades.

Desde mi punto de vista, contribuir a la mejora de la condición humana pasa por el  establecimiento de relaciones sociales abiertas, generativas y sanadoras y supone concebir  las preferencias en la intimidad como un espacio de libertad, no sujeto a inspección pública, ni  regulación legal y en ningún caso el centro regulador de la vida íntima ni social de un ser humano.

Hay algo innecesario en la sobreasignación por razones de conducta íntima. Tanto la  conducta sexual como el rol de género constituyen uno más de los muchos modos de  convivir con otras personas y no deberían ser considerados principios vertebradores  de la  existencia de una persona. El uso generalizado del término «homosexual» supone una  restricción del sentido de lo humano, que constriñe la percepción del sí mismo.

Y lo que es  peor,  confunde en lo social, la práctica sexual con la persona, la acción con la identidad, el  hacer con el ser. Como explica Kenneth Gergen en su libro El ser relacional,  la búsqueda de coherencia y la tendencia a convertir las acciones cotidianas en atributos de identidad, hace  que: «Todos los que vivimos en esa tradición llevemos la carga de la coherencia».

Con ello  hace referencia a la obstinada búsqueda de congruencia  y a la intolerancia con las discrepancias internas, propia de la cultura occidental. La sexualización de la identidad  confunde incluso a  la propia persona, que sobredimensiona el papel de la sexualidad en su identificación como ser humano. El resultado es la perpetuación de un círculo vicioso, donde  la identificación produce una sexualidad aumentada, responsable de una sobreidentificación,  que a su vez incita a una sexualidad aumentada y vuelta a empezar.

En esencia nada malo, pero responsable de una concepción del sí mismo no elegida y poco emancipatoria. Especialmente en el marco de una sociedad que ha aceptado la existencia de las inteligencias múltiples y de paso el carácter múltiple de la identidad y la personalidad.

Ahora ya no se habla de personalidad como algo monolítico y coherente, sino como algo  complejo y cambiante resultado de un conflicto de fuerzas, siempre condicionado por el  entorno y las circunstancias. En palabras del mismo Gergen: «En el caso del ser múltiple, no  obstante, el origen de nuestro potencial no es biológico sino social. En cada relación emergen  potenciales para ser -dominante o sumiso, grosero o educado, obediente o rebelde, etc.»

Visto así el «Yo» aparece como una trama compleja, cambiante y ecológicamente  dependiente, y como señala más adelante: «De hecho, lo que yo considero mi cuerpo, lo hago  en virtud de mi ubicación en una tradición de relación».

Por lo tanto, se trata de una categoría social doblemente adoctrinante,  primero, es engañosa  con el papel que el sexo debe tener en la vida de un ser humano, que en realidad se mueve por emociones y afectos y no para saciar una inacabable avidez de sexo. Y en segundo lugar,  porque no es una definición y postura libremente elegida, sino el resultado de una  sobreasignación autoritaria, impuesta por los prejuicios de quienes consiguieron hacer prevalecer su mirada y sus intereses, para convertir el término en una categoría de la realidad  apropiada al mundo que crearon.

Hablo de una mirada patriarcal, y me explico por medio de  un experimento imaginario…

La causalidad procede de aquello que recibe nuestra atención o eso dice la teoría psicológica llamada  «error fundamental de atribución». Es fácil suponer que al descubrir a dos personas  en plena relación sexual la mirada patriarcal de un macho en celo, clavaría los ojos en los  órganos sexuales y describiría el encuentro como sexual u homosexual. Sería una mirada  morbosa y ciega respecto a lo emocional y a la condición humana. Mientras, por el contrario, una mirada matriarcal posiblemente centraría su atención en el encuentro entre esas dos  personas y sus razones para acariciarse.

Observaría la condición afectiva emergente y la  protegería como manifestación de cariño, incapaz de entresacar y sobredimensionar el acto meramente estimular o morboso, en el sentido estricto de la palabra.

Esta sociedad construida sobre los pilares del patriarcado hace de las diversidades en el sexo un espacio incuestionable que alienta y protege, en la misma medida que evita el debate sobre el malestar social y su relación con su siempre creciente deseo de  productividad y rendimiento.

Las condiciones de trabajo permanecen en el espacio de lo intocable, en una cultura que  enferma a las personas por la vía del estrés crónico a base de concebirlas como máquinas autómatas, capaces de un rendimiento constante y creciente.

Negar la condición humana a las personas trabajadoras es relativamente viable en la medida en que se consiente  o alienta el humanismo por la vía de los deseos, el sexo y gracias a alguna forma de dopaje de bajo impacto y alta tolerancia.

El sexo como determinadas drogas es especialmente  eficaz en la defensa de los intereses patriarcales de producción, logro y competición  desmesurada, por ser, (supuestamente) espacios de  libertad donde las personas pueden dar  rienda suelta a su «verdadera» identidad y desahogarse.

El filósofo Byun-Chul Han en su libro La sociedad del cansancio lo plantea de forma general diciendo: “la sociedad del rendimiento, la sociedad  del cansancio lo plantea de forma general diciendo: «La sociedad del rendimiento, como sociedad activa, está convirtiéndose paulatinamente en una sociedad del dopaje, el Neuro-Enhancement reemplaza a la expresión negativa «dopaje cerebral».

Por esa razón el uso del término «homosexual», en un sentido muy distinto del vivido por  Alejandro Magno podría corresponder con determinados intereses patriarcales. En época del  conquistador  predominaba el homoerotismo como resultado de la sublimación de la masculinidad, sus cánones de belleza, sus valores y moralidad, en oposición a lo femenino,  doméstico y subordinado. Mientras hoy la homosexualidad masculina se encuentra mucho  más cercana (no en todos los casos) a la sublimación de la feminidad, sus cánones de belleza,  lo doméstico y lo sumiso.

Y en la institucionalización orgullosa de su uso se puede estar ocultando un instrumento del poder, como lo pueden ser otras nociones postmodernas, léase: individualismo,  narcisismo,  hedonismo, sociedad del bienestar,  democracia,  o mercado. Todas ellas bajo sospecha.

Quizá sea ya el momento de considerar seriamente la noción de  «homoafectividad» como suficiente para describir una posición relacional en detrimento de la de «homosexualidad» que pudiera ser innecesaria.  Por ello propongo, adoptando una perspectiva matriarcal y emancipatoria, trasladar el énfasis nominativo de la orientación sexual a la orientación afectiva y convencionalizar el uso de la  categoría  «Homoafectividad».

Propongo centrar la atención en la clase de elecciones que se llevan a cabo y en última instancia en la condición emocional presente para mantener una relación del tipo que sea con una persona,  quien quiera que sea. La inteligencia emocional y la capacidad de la elección parecen mejores  pilares sobre los que articular y establecer determinadas categorías humanas.

Ello en contraposición al reduccionismo tácito del término «homosexual»,  u otros muchos adjetivos como  «gay», «lesbiana», «marica» «bollera», etc.,  plagados de connotaciones y rotundamente innecesarios, donde se desatiende el hecho de que la persona ha efectuado previamente un acto electivo libre, de carácter emocional, para relacionarse con otra persona, en términos de atracción o de amor.

No es cuestión de promover la tolerancia sino de configurar una sociedad para que pueda dar pasos hacia modos de encuentro y convivencia basados en la consideración y el aprecio del  otro, sea quien sea y como sea. Propongo, por tanto,  honrar a las personas eligiendo con  mucho cuidado la categoría relacional desde donde se les mira, liberar a  los  cuerpos de prejuicios patriarcales, romper con las ataduras narcóticas y reduccionistas protectoras de la  eficiencia empresarial robótica. Promover las acciones sociales sanadoras y emancipantes y concebir a los seres humanos  como entes vigorosos, constituidos en interdependencia orgánica con los demás.

Y en definitiva, reconocer al ser humano como un animal esencialmente amoroso.

En palabras de Humberto Maturana: «somos animales amorosos y eso lo sabemos porque cuando nos falta el amor enfermamos».

 

José Oriol | Psicólogo | www.oriolrojas.es | Centro Guimerá
Foto: Alejandro Magno | Pixabay

 

 

 

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