FIRMAS Salvador García

Volvieron las colas | Salvador García Llanos

Es noticia: volvieron las colas a la TF-5, a la autopista del norte. Desde primeras horas, ya había fotos en las redes de cientos de vehículos atrapados en el gran atasco. A media mañana, ya se atribuía al primer día de clase en la Universidad de La Laguna la causa de los trastornos nuestros de cada día. Como si no lleváramos padeciéndolos unos cuantos años. Los que somos habituales nos percatamos en seguida de la concentración de coches en las incorporaciones habilitadas y reacondicionadas en Aguere. Hasta después de la rotonda del padre Anchieta no se despejaba la circulación. Está claro: las mismas vías para un creciente número de vehículos; las mejoras puntuales en determinados puntos, aún hechas con la mejor visión teórica, apenas sirven o no sirven.
La movilidad por carretera es un problema grave en la isla. Porque pensemos en la vuelta desde la capital hasta las localidades norteñas, a eso de las dos, las tres, las cinco o las siete de la tarde: la mayoría de los conductores que han cumplido su jornada laboral o profesional, quienes han acudido a sus consultas o a sus citaciones judiciales, quienes regresan desde el sur por esta vía, quienes han terminado sus compras, retornan para ir formando otra cola que, a menudo, se hace insufrible desde el Hospital Universitario de Canarias, desesperante a la altura de la estación de guaguas de La Laguna, incómoda hasta Los Rodeos y difícilmente soportable a partir del aeropuerto. Ni siquiera las rectas de Guamasa y Tacoronte alivian.
Sí, ciertamente: otro trastorno considerable para el desplazamiento, por no contar los cierres o los desvíos motivados por las obras de repavimentación que se ejecutan en horario nocturno.
Lo dicho: más coches para las mismas carreteras, que no absorben, evidentemente. He ahí el nudo gordiano, la dificultad casi insoluble. El otro casi habrá que encontrarlo en alternativas que no deberían estar basadas en hechos puntuales. Para las colas del norte, aparte de una buena dosis de sensibilización para ir convenciendo al personal de las ventajas del transporte colectivo, solo vale un planteamiento estructural: plagado de dificultades, como estará; costosísimo, como será; de notable impacto, como cabe prever; el tren o el tranvía es la alternativa. Ese es un proyecto en el que hay que volcar afanes y energías, eso sí que debería mover a los ayuntamientos, entidades y agentes sociales del norte.
Cierto que la ingeniería y la redacción de la actuación estructurante, las expropiaciones y las dotaciones comportarán una inversión multimillonaria a materializar, seguramente, por fases. Pero, a la espera de que se demuestre lo contrario, es la solución a medio y largo plazo. Las carreteras no dan más de sí. La viabilidad de su ampliación no es menos gravosa y cabe dudar de su eficacia.
Así que no pierdan mucho tiempo: a planificar, a empujar, a buscar financiación. Lo contrario equivale a seguir llorando en las colas insufribles de cada mañana, en una dirección, y en las exhaustas de por las tardes.
¡Ah! Equivale a eso y, sin preocupar menos, a contemplar cómo el desequilibrio en el desarrollo insular se torna lacerante.

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