FIRMAS Marisol Ayala

Ese miedo paralizante | Marisol Ayala

Esta semana he hablado con dos personas a las que no conocía; ambos han sido testigos de episodios de miedo atroz. Dos personas que no tienen nada entre sí. Coincidí con ellas en una de esas reuniones eternas. Un hombre y una mujer entre 40 y 50 años. Sin saber por qué una conversación sin futuro se enroscó en lo que se conoce por el miedo insuperable. Él hablaba del miedo atroz que pasó un domingo en un almuerzo familiar. Los comensales eran unas quince personas, padres, hijos, nueras, yernos y nietos. Todo eran risas, bromas. El padre de familia, un hombre alto y fuerte, comía al tiempo que participaba en la charla. Nadie reparó que durante la charla el hombre carraspeaba. Había cortado un trozo de carne que se coló por el camino viejo. Tos y más tos. Se atragantó.

El hombre hacia esfuerzos porque sus dificultades para respirar eran evidentes. La reacción de los asistentes, hijos, yernos, nietos, fue de miedo paralizante. Gritaban, lloraban, hacían aspavientos, miedo atroz. No sabían qué hacer sospechando que la vida del cabeza de familia estaba en peligro. Gritos y consejos cruzados pero nadie sabía cómo actuar conscientes de que llamar una ambulancia podía suponer una demora mortal. Su cara enrojecida presagiaba lo peor.

De pronto uno de los yernos tomó el mando, apartó a todos de la mesa, liberó al hombre de su asiento y le quitó la ropa en un intento desesperado por salvarle la vida, darle aire. Lo abrazó por la espalda a la altura del abdomen, haciendo a su vez presión para que un golpe seco y rotundo en esa zona propiciara expulsar el trozo de carne que amenazaba con asfixiarlo. “Yo había escuchado que en esos casos lo mejor es dar varios golpes en la espalda, al tiempo que le rodeas y presionas su  abdomen”. Se envalentó y funcionó.  Un vómito le devolvió a la vida. El hombre, agotado, tuvo que recibir asistencia médica preso de un ataque de nervios. De ese episodio no hablan nunca.

La mujer que nos acompañaba contó entonces su experiencia. Sufrió quemaduras en el 85 % de su cuerpo manejando una barbacoa. Una amiga que estaba a su lado la vio envuelta en llamas pero no supo reaccionar. El miedo la paralizó de tal manera que fue la propia víctima la que, envuelta en llamas, suplicaba ayuda a voz en grito. Una curiosidad; en la casa había un extintor de incendios pero ninguna reparó en ello.

Nunca más volvieron a verse.

 

Fuente:  Blog de Marisol Ayala

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