FIRMAS Marisol Ayala

Final inesperado | Marisol Ayala

Fue conocerse y salir corriendo a comprar esa pócima mágica que todo lo une. Se amaron hasta la locura, con prudencia, con detalles, con complicidad. Los testigos de su amor pensamos que si hay parejas que hacen realidad eso de si a uno le ocurre algo el otro no levanta cabeza eran ellos. Pasaron los años y se casaron, claro. Ella inició hasta finalizar Derecho y él se hizo cargo de los negocios familiares. Tuvieron dos hijas. El trabajo del matrimonio se lio un poco cuando un día, de golpe, llegaron dos nietas. Hubo que recomponer entonces las fichas del puzle familiar. Ellos nunca permitieron que nada ni nadie pusiera en peligro su unión, que invadieran su espacio pero, ya se sabe, el hombre propone y Dios dispone. La vida enreda y hace nudos. Una de las hijas, la madre de las gemelas, comenzó a viajar por razones de trabajo, una complicación que se parcheó contratando a una asistenta de hogar para poder respirar pero siempre con los abuelos como vigilantes. Lo cierto es que las nietas, la vida de sus dos hijas, fue comiéndose las suyas. Se acabaron las tardes de cine, la lectura compartida, el viaje inesperado a El Hierro, la isla idolatrada, y muchas cosas. A ella le empezaba a preocupar la sutil monotonía que había entrado en casa pero lo asumió como algo normal, producto de la convivencia. Había soñado con un otoño de vida de otra manera; viendo pasar los años con complicidad pero salió mal. Alguien falló.

Un día en una exposición observó que una mujer no la perdía de vista. Al salir se encontró de nuevo con aquellos ojos curiosos. Sin dudarlo le preguntó: «¿Nos conocemos?» Afirmó con la cabeza y dijo sin más: «Es la primera y la última vez que hablo con usted. Si comenta lo que voy a contarle lo negaré». Perpleja la abuela rogó tomar un café.

Supo entonces que aquella asistenta de hogar que llegó a la familia para cuidar de las recién nacidas tenía una hija adolescente y que su marido, abuelo de las niñas, sería sometido a pruebas de ADN por orden judicial. Le reclamaban la paternidad. En ese momento la mujer tenía 57 años y su vida se derrumbó. No fue capaz de preguntar, no quería saber nada. Avergonzada, humillada, se refugió, primero en sus hijas y más tarde subió a un avión que la sacó de la Isla. En Navidad volverá a su tierra después de diez años. El infiel ha muerto.

Y sí, era el papá.

Fuente: Blog de Marisol Ayala

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