FIRMAS Marisol Ayala

Volando bajito | Heridas que no cicatrizan | Marisol Ayala

Le había perdido de vista, aunque también es verdad que lo vi como diez veces en una semana de hace años.  Lo conocí cuando la fortuna lo premió con unos cuantos millones de pesetas, 300 y algo, creo recordar. En esos años recoger un premio implicaba la entrega de un cheque gigante con la cantidad ganada y posar para la prensa. Nadie se negaba. Los afortunados se mostraban felices, emocionados y parlanchines, unos más que otros, de manera que al día siguiente salían en los medios luciendo millones.

En el barullo festivo que montaban para la foto, quinielas, primitiva o lotería, los periodistas debíamos estar atentos porque la euforia casi siempre descubría al afortunado que escondía una buena historia. Alguien debió alertarme sobre un hombre alto y delgado que lucía un traje con pinta de estar de estreno. Por ahí le entré.

Se lo había comprado el día anterior. Deduje que hasta ese momento su economía era muy mala. Había sido proyector de cine, es decir, el encargado de poner películas. No tenía trabajo, cerraron la sala.  Contó que tenía tres hijos con los que hacía años que no hablaba. Había sido de ojo alegre; se ennovió con otra mujer y los olvidó a todos. El tiempo pasó y aquellos niños no tuvieron una vida fácil pero salieron adelante con el esfuerzo de la madre.  Cuando la fortuna le sonrió estaba sólo. Reconoció que había sido un mal padre y en esos días comenzó a planear la posibilidad de recuperarlos.

Poco a poco unos y otros se fueron acercando porque el dinero es goloso y un buen remedio para disfrazar rencores, pura magia. Sus hijos le contaron que pagaban hipotecas así que Julio, así se llama, consideró de justicia hacerse cargo de esas deudas. El premio se lo permitía y era consciente de que nunca les había echado una mano. Ya era hora. Pagó las tres hipotecas sin pensar en el riesgo que corría. Se lió la manta a la cabeza y cumplió. Pasados un tiempo lo volví a ver. Estaba feliz y yo convencida de que los hijos estaban pendientes del hombre que había recuperado la unión familiar con dinero.

De nuevo lo perdí de vista hasta hace unas semanas. Lo reconocí me acerqué y le pregunté por su vida. Su respuesta fue un nada sorprendente “me engañaron como a un chino; desde que me sacaron el dinero no quisieron saber más de mi”.

Quiso edificar un rascacielos sin buenos cimientos y se derrumbó.

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