FIRMAS Francisco Pomares

A babor | Una lección de historia | Francisco Pomares

Grainville la Teinturerie es un minúsculo pueblito de la Alta Normandia, a menos de una hora por carretera desde Ruán, en dirección al Canal. Un pueblo más de la Francia rural con sus colinas llenas de pasto y sus tierras sembradas de trigo, alejado de cualquier ruta con destino a ningún sitio. Un pueblo pequeño, despoblado pero cuidado pluscuamperfectamente, uno más de esa Francia grande y orgullosa de sí misma que el domingo celebraba la victoria en el Mundial con sus calles llenas de banderas tricolores. El domingo, había fiesta en Grainville la Teinturerie, una fiesta con sus carrozas, su banda de música, sus majorettes y su gente endomingada por las calles. No se qué celebraban los 1.078 paisanos de la Villa del grano y la tintorería, pero sin duda parecían felices. Quizá estuvieran festejando su sentido de la historia… con motivos: a pocos metros de la espléndida iglesia gótica, en una de las casonas que rodean la amplia explanada donde hasta mediados del siglo XVI estuvo el castillo, el Comité de las Letras de Grainville, mantiene desde hace tres décadas y media un coqueto museo, en cuya fachada ondean entrecruzadas las banderas de Normandía y Canarias. Es el museo de Jean de Bethencourt, «señor de Granville y rey de las Islas Canarias en 1402», según reza el lema del propio museo. Lo de la realeza, ahora que está tan de capa caída entre nosotros, vamos a dejarlo estar: Jean de Bethencourt no tuvo precisamente mucho tiempo de disfrutar su corona, pero la gloria de haber legado a la historia la primera crónica escrita de la conquista de Canarias no se la quita nadie. Y menos en el pueblo que le vio nacer y que aún hoy le honra, no solo con un museo mantenido con mimo y entusiasmo por algunos voluntarios del ‘Comité des Lettres’, sino con todo tipo de menciones y recuerdos, desde la lápida que adorna su sepultura, a «la memoria de Jean de Bethencourt, célebre navegante y rey de las Canarias», a la enseña isleña que adorna, junto a la bandera de Francia (faltaría más), la señal con el nombre del municipio a la entrada del pueblo.

El museo de Jean de Bethencourt es un lugar tan entrañable como surrealista, en cuyos estantes conviven recuerdos enviados por Betancuria y Teguise, los dos pueblos hermanados desde hace años a Granville, además de ediciones de ‘Le Canarien’, ensayos críticos sobre la primera crónica francesa de la Conquista, libros sobre la historia de Normandía, fotografías y mapas de las islas, o una delirante colección de productos isleños, desde chocolatinas Tirma, café torrefactado en Canarias, jalea de plátano, mojos envasados o gofios de distintos granos.

El museo -que hace también las funciones de biblioteca del pueblo- es un pedazo de Canarias en un lugar extraño, imposible, pero es -sobre todo- una pequeña lección de Historia, de cómo se construye la historia, de cómo la historia crea comunidad y define una identidad sobre la base de afectos e intereses comunes. Una identidad capaz de integrar en la contemporaneidad de Canarias a un pequeño pueblo de apenas mil vecinos, orgullosos de saber que en su ciudad nació y murió un hombre con arrojo que cruzó el mar en busca de su fortuna y la encontró durante unos años a la sombra de su sometimiento a los reyes de Castilla.

Las andanzas del barón de Bethencourt, el relato sobresaltado de su alianza y posterior enfrentamiento con el senescal pictavino Gadifer de la Salle, o la emocionante historia de cómo ambos se apropiaron de los manuscritos escritos por los frailes franciscanos Jean Le Verrier y Pierre Boutier, para usarla en su propio beneficio, y de cómo con ese acto comenzó a construirse nuestro pasado escrito, cuelga en paneles artesanales de un museo perdido en tierras normandas. Ojalá algún día encontremos esa historia sembrada también -por las escuelas y museos de las Islas- en la mente y el corazón de los niños de Canarias.

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