FIRMAS

Potaje de Chicharro | Luis Manuel González Meristany

(Los pequeños actos que se ejecutan son mejores que todos aquellos grandes que se planean –lo dijo Marshall, el del Plan que salvó a Europa entera por allá por 1950)

John Ciardi era poeta. Pero escribió un único relato de ciencia ficción: “El Hipnoglifo”. Por supuesto, un palabro de su creación.

La ciencia ficción, además de su mayor o menor valor literario -esto según quién escribiera. Asímov, por ejemplo, también fue magnífico-, constituyó durante largo tiempo un excelente refugio para escapar de un presente gris, opaco -una “nada cotidiana”, como lo llamó alguien en alguna parte-, lleno de consignas, marchas, esfuerzo sin compensación y futuro dorado que más se alejaba cuanto más se andaba.

La ficción de aquellos autores fue entonces, con toda su tecnología y soluciones plasmáticas, una morfina que creaba una realidad paralela más vital, más prometedora y más creíble que los discursos mesiánicos que pronunciaba -hasta dos veces por semana cuando estaba bien motivado, ya en la tele ya en la plaza, y en ambos al mismo tiempo si hacía falta, esto es, casi siempre-, un omnisapiente Gran Hermano eternamente enfundado en verde olivo kevlar 49. Total, los medios de comunicación estaban en poder del pueblo y éste tenía legítimo derecho a un orgasmo colectivo después del anuncio de que una vaca conseguía producir 110 litros en un día.

Todo ello ha atropellado la memoria después de la última epifanía: un novísimo barrio que aparecerá por allá por 2030 en el oeste de Santa Cruz, una promesa que en las próximas semanas ayudará -hasta que nuevamente olvidemos, embotados por cualquier otra circunstancia nueva- a ignorar la grisura que invade actualmente a algunos barrios de la ciudad. 12 años durante los cuales los chicharreros podrán soñar con el anunciado esplendor mientras caminan por calles opacas y vecindarios tristes.

El espejismático y hechizante barrio trae también a la memoria el ya mencionado hipnoglifo. Una raza superior se trajo consigo aquella pieza inocua. Tenía la forma de un huevo de ganso, vetas de colores intensos, tacto sedoso y, en el extremo más ancho, un agujero en el que cabía un pulgar humano. En el relato, un visitante que sólo llega a casa del anfitrión para admirar una colección, es invitado a tomar entre sus manos el huevo, e inmediatamente comienza a acariciar el agujero. El tacto es irresistible y el agujero también, al extremo de que es imposible dejar de acariciarlo, lo cual hace el visitante con gesto automático e irreflexivo. La charla de los dos “hombres”, sobre joyería, arte, sexo y Oriente, se detiene cuando al fin el visitante, con ojos todavía abiertos pero totalmente ausente, está listo para ser llevado a la cocina y convertirse en el principal ingrediente de un potaje.

Ya al inicio de la conversación había afirmado el anfitrión que el ser humano podía ser descrito como un pedazo de carne, pero que tenía algunas propiedades insólitas.

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