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A babor | La guerra de Trump | Francisco Pomares

El presidente Trump mantiene un enfrentamiento personal con el resto del mundo, un enfrentamiento con adversarios que cambia y actualiza de un día a otro. Antes sus objetivos eran Irán, Corea del Norte y Venezuela, los países del “eje del mal”, a los que Trump quería someter a golpe de testosterona y botón nuclear. Pero Trump se ha lanzado ahora a una nueva guerra, esta con los aliados tradicionales de Estados Unidos: Europa, Canadá y Japón. El recrudecimiento de las hostilidades -a base de twits virulentos- es consecuencia del conflicto comercial con el resto del G7, a cuenta de los nuevos aranceles al acero y al aluminio que Washington ha decidido imponer unilateralmente a Canadá, México y la Unión Europea. Mientras los países del G7 se plantean una respuesta conjunta a la guerra comercial que se avecina, Trump se desgañita en twitter contra su predecesor, Barack Obama, al que hace responsable de la debilidad de EEUU en el mundo.

Después de la reunión del G7 en Canadá, en la que Trump se vio aislado y acordonado por la reacción del resto de los mandatarios occidentales, encastillándose en su propuesta de levantar las sanciones comerciales a la Rusia de Putin y reincorporarla al grupo de as democracias más poderosas del planeta, unas declaraciones críticas del primer ministro canadiense, Justin Trudeau, dispararon la tarde del domingo la reacción belicosa y cavernícola de la administración estadounidense, que se despachó insultando a Trudeau, acusándolo de mentiroso y condenándole nada menos que al infierno, lugar al que Peter Navarro, el asesor comercial de Trump, cree que debe enviarse a “todo dirigente extranjero que se embarque en una diplomacia de mala fe” contra su jefe. No contento con el despendole de su asesor, Trump dio instrucciones a quienes debían firmar el comunicado del G7 negociado en la cumbre, para que EEUU no suscriba el documento.

Tal orden sería alucinante si no resultara ya una práctica habitual de este hombre. Trump no deja de retratarse y definirse como un tipo irresponsable y autoritario, que reacciona sin mesura cada vez que se considera ninguneado. Su madurez es la de un niño malcriado, insatisfecho, despechado en alguno de sus caprichos. Trump parece vivir en la irrealidad de un mundo ajeno al actual, en la que su único objetivo parece ser ganar alguna guerra, incluso no declarada. Por eso va saltando de provocación en provocación, hasta que alguno de sus asesores logra reconducirle a los lugares de dónde no debía haber salido. Mientras el “hombre cohete” norcoreano pasa a ser “su excelencia”, Trump la emprende con Merkel o Trudeau, y los enroca en el rechazo y en la decisión de ir fraguando alianzas contra su política. En ese sentido, la diplomacia de EEUU pierde peso, se jibariza la capacidad de liderazgo mundial del gigante norteamericano, y cunde entre los mandatarios del resto el planeta la percepción de que este señor tan osado y agresivo y sus políticas proteccionistas van a provocar una hecatombe económica. Alemania empieza a decir con todas las letras que está ya harta de los desplantes del político estadounidense, y Macrón llama a ignorar sus teatrales decisiones.

Clausewitz dijo que las guerras son la continuación de la política por otros medios. Una guerra comercial es una guerra: no se bombardea y devasta un territorio, no se acaba sepultando bajo los escombros a miles de personas, como ha ocurrido en Siria, pero en la historia reciente, las guerras comerciales son el quinto jinete que antecede a la pobreza de las naciones.

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