FIRMAS Francisco Pomares

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El Instituto Cervantes publicó hace dos años, con motivo del Día del Español, el informe «El español, una lengua viva», certificando que en ese momento hablaban español poco menos de 560 millones de personas. Es cierto que en el informe del Cervantes se incluían no solo los hablantes nativos de un país donde el español es lengua oficial, también los de otros países -como Estados Unidos- donde no lo es, e incluso los millones de estudiantes de español como lengua extranjera que hay en el mundo. Es muchísima gente, y además aumenta a una velocidad extraordinaria. De las personas que hablan el español como lengua materna -poco menos de 500 millones-, solo unos 20 millones hablan lo que podríamos definir como el «español que se habla en Castilla», ese español que algunos consideran canónico, pero que no lo es, como se nos recuerda continuamente desde la RAE. Las lenguas vivas son -por definición- vivas, y se definen por su vitalidad, su capacidad de adaptación, y la multitud de formas dialectales y acentos que las componen. Ninguna forma de español que se hable en cualquier territorio es superior a cualquier otra forma, ni más pura, ni más hermosa. Lo curioso es que todavía hay gente que considera, por ejemplo, que el seseo es una incorrección. Eso es rotundamente falso: en ninguna parte se habla el «mejor español». Los complejos sobre el habla tienen mucho más que ver con una percepción política o social del uso de la lengua que con su uso real. A mí me parece mucho más hermoso y agradable el español que se habla en Canarias que el que se habla en Valladolid, aunque a Madame D’Aulnoy, viajera francesa del XVII, le pareciera que el que se hablaba en Valladolid era el mejor español del mundo. Pura cuestión de gustos.

A Ana Guerra, concursante tinerfeña en Operación Triunfo, le grabaron el otro día durante un ensayo un comentario en el que decía que su acento -el de aquí- le parecía feo, y que le gustaría poder hablar castellano. Es difícil saber si se trató de un gesto de falsa modestia -del mismo tipo que ante un comentario sobre un vestido hace decir que «solo es un trapo»- o una verdadera confesión íntima de una joven mujer que aspira a hacerse un hueco en un mundo del espectáculo. Personalmente, no entiendo el escándalo que se ha organizado. Si a Ana le parece más útil un acento distinto a su acento nativo para prosperar en su carrera, me parece que es asunto suyo. Este arranque de pacato rechazo e indignación patriótica que le están montando es ridículo e inquisitorial. La nuestra se está volviendo una sociedad cada día más intransigente y despiadada. Cuando Penélope Cruz decidió mejorar su dicción y aprender inglés para triunfar en Hollywood, a nadie le pareció mal. La aspirante a cantante Ana Guerra debiera ser perfectamente capaz de decidir libremente qué quiere hacer con su voz. Entre otras cosas, porque la voz es -antes incluso que el instrumento de la carrera como artista que quiere iniciar- un atributo absolutamente personal. Es suya y de nadie más. Y si a ella le parece que puede mejorarla, cambiarla, quebrarla, endurecerla, modulara, o expresarse con acento cherokee o japonés, es un asunto que a nadie debería importarle una higa.

Dicho eso, confieso que la escuché hablar en el vídeo que ha recorrido las redes y desatado esta nueva polémica inane y sin sentido, y me pareció que la joven Ana tiene una voz muy linda. Y que se expresa con elegancia, sutileza y precisión, que tiene una voz propia, muy personal, marcada por el mismo acento seseante que caracteriza a la inmensa mayoría de los millones de personas que hablan español. Ojalá tenga mucha suerte.

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