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El cuento del modelo | Francisco Pomares

El presidente Clavijo se descolgó el martes en el Parlamento admitiendo lo obvio: que la flamante ley Valido de Servicios Sociales no va a acabar con la pobreza en Canarias. Nadie puede discutirle la afirmación: las leyes, en general, no sirven para resolver nada, sino para regularlo. Los asuntos se resuelven actuando directamente sobre los problemas. Las leyes debieran carecer de ese carácter instrumental que ahora se les exige, y centrarse en establecer el marco legal para la actividad humana. La cosa es que -tras decir lo obvio- Clavijo insistió en otra reiterada reflexión suya, que es la de que la pobreza en las Islas es un problema crónico, que solo se resolverá con el cambio del modelo productivo. Vale. Es verdad que si en vez de vender sol y playa a 14 millones de turistas vendiéramos programas informáticos, telecomunicaciones, ingeniería de hardware, nanotecnología aplicada a la medicina, robotización de cadenas productivas, biotecnología y chips diseñados en nuestras universidades, y además consiguiéramos que todo eso nos lo compraran mil millones de usuarios del planeta, seríamos Silicon Valley. Y es probablemente que entonces no tendríamos la pobreza y exclusión social que tenemos hoy. Pero decir eso es como decir que si mi abuela tuviera manillar sería una bicicleta.

No se puede cambiar por arte de magia el modelo productivo de una región de dos millones de habitantes. Ni siquiera -si se pudiera cambiar y se quisiera cambiar- podría hacerse solo por decisión de un Gobierno. Canarias es un territorio europeo con empresas que actúan autónomamente en un marco de garantías jurídicas y de libre competencia, no una sociedad autoritaria de economía planificada. Nuestro modelo, basado principalmente en el turismo, es un modelo irremplazable. Las otras regiones insulares de la Macaronesia -Azores, Madeira, Cabo Verde- todas ellas con una industria turística con menos recorrido y pujanza que la nuestra, matarían por estar en nuestra situación. Cambiar de modelo productivo implica -como poco- reducir el peso del sector que es hoy el motor del crecimiento y el desarrollo en las Islas, y compensar esa reducción con una mayor atención a otros sectores. Pero olvídense de la industria pesada, el ensamblaje o la agricultura de exportación, que sobrevive por los pelos gracias a la caridad europea. Cambiar el modelo productivo requiere mantener el turismo, mejorando la oferta para que produzca más empleo y de más calidad, y apostar por las energías renovables, una agricultura destinada al consumo interno, la economía del mar y el transporte marítimo, el turismo sanitario, la atención de mayores, discapacitados y dependientes, el reciclado, la industria verde, la mentefactura deslocalizable y otros programas que la Unión Europea considera estratégicos. Un cambio así supone el esfuerzo continuado de una o varias generaciones, bajo un liderazgo político también continuado, y con amplio consenso social. No hay gobierno hoy que sea capaz siquiera de enunciar ese cambio como proyecto creíble.

Lo que hoy puede hacer el Gobierno por aliviar la pobreza es trabajar por reducir la desigualdad social. Y solo hay dos mecanismos prácticos para lograr eso, están ensayados: uno es subir los salarios y otro, una política fiscal redistributiva que apriete más al que más tiene. El Gobierno de Canarias no puede subir los sueldos más que a los suyos, pero sí puede aumentar las inspecciones y perseguir la explotación laboral y la economía sumergida. Y puede redefinir una fiscalidad que premia el beneficio económico y castiga a los que tienen menos. El problema de la pobreza no es solo de modelo productivo. Es sobre todo de modelo social.

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