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Nueva agenda urbana | Salvador García Llanos

¿Cómo deberían evolucionar las ciudades de modo que sean entornos amigables para los seres humanos, sostenibles, seguros, inclusivos, compactos, saludables y resilientes a las amenazas naturales, para que, en definitiva, la convivencia se vea enriquecida?
 
La respuesta está en la Nueva Agenda Urbana, un documento aprobado en Quito por los Estados miembros de las Naciones Unidas que constituye una especie de guía para que éstos la desarrollen con la coordinación de los distintos niveles de gobierno. Un documento en el que se aboga por ciudades más compactas, menos contaminantes y más saludables, comprometidas en una contribución activa a frenar el cambio climático. Ciudades donde las personas disfruten de verdad de su entorno y donde el carácter inclusivo refleje también la integración de migrantes y refugiados. Paliar la pobreza y las desigualdades, promover y favorecer la igualdad de género así como el crecimiento económico serían otros objetivos de la Agenda.
 
El asunto tiene que ver con la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), situados en el horizonte del año 2030, con un papel activo reservado a los poderes locales pero también a los ciudadanos sin cuya complicidad difícilmente se podría materializar la conquista de los ODS. Se trata, por tanto, de producir una sensibilización adecuada con el fin de involucrarse fehacientemente. Si no, olvidémonos de resultados tangibles.
 
Los ciudadanos quieren, cuando menos, contrastar avances. Se ha despertado en los grandes núcleos urbanos un temor claro ante la amenaza terrorista, solo superable no exclusivamente con medidas preventivas específicas sino con una labor pedagógica que propicie la recuperación de la autoestima y el mismo desenvolvimiento en el contexto comunitario de población.
 
Cuando conocemos estas cosas y estos planteamientos, barruntamos un gran cambio social, impulsado, además, por los formidables adelantos tecnológicos, aplicables en las propias redes de ciudadanía. Pero dudamos del ritmo y de su cristalización plena, entre otras razones porque desde los poderes públicos no se hace lo suficiente y lo debidamente acertado para inculcar nuevos valores a la sociedad -o recuperar otros, ya evaporados- y para estimular la participación o el papel activo de quienes prefieren refugiarse en las series televisivas o en costumbres ya mecánicas y rutinarias.
 
Se trata entonces de facilitar la accesibilidad a iniciativas como esa Nueva Agenda Urbana que ojalá no sea otro esfuerzo baldío, una excelente formulación teórica que no pasó de ahí, por falta de voluntad política, por incapacidad para hacerla transparente o por no poder desarrollarla desde un punto de vista pragmático.
 
Si admitimos que nos encontramos en un momento crucial en la historia de la Humanidad, con opciones para unas mejores condiciones de vida pero también con incertidumbres crecientes, hay que ser proactivos y estar predispuestos para lograr que los entornos sean más integradores y más compactos.
Conclusión: primero, voluntad política y formulación teórica apropiada. Segundo, estímulo y efectividad de la participación de la ciudadanía.

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