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Me llamo Manuel, y lloro con «La Voz» | Manuel Herrador Calatrava

Y no una, ni dos, sino tres y hasta cuatro veces en cada programa. Así que, recurriendo a este lugar de encuentro con los lectores, a modo de terapia de grupo, consigo desahogarme reconociendo públicamente mi emotiva actitud y, adicionalmente, compartiendo mis reacciones televisivas con los que, como yo, padecen los mismos síntomas, parecida opinión y similares reacciones emocionales.

Entonces, en el último espacio televisivo de Telecinco, “La Voz” –a primera vista un concurso más de aparente contenido musical en la búsqueda de nuevos talentos- comienza a despertarse en mí una cierta inquietud por conocer las causas de mis plañideras repetidas. Porque, no es normal, yo tampoco me echo a llorar con cada programa de televisión que veo. Y dedicando tan solo unos minutos a reflexionar al respecto, la lista de posibles causas se me hizo casi interminable. Esto, tenía que hacerlo saber.

Prácticamente en voz alta, como si se lo estuviera diciendo a mi “yo de enfrente”, fluían más y más razones, todas ellas honrosas y dignas. Espeté:

“Será por la actitud de superación de los participantes, por la carga ilusionante que imprimen a sus actuaciones, por la desbordante vocación musical y artística que poseen, o puede que sea debido al sacrificio y al esfuerzo desarrollado para alcanzar sus metas; igual se debe a la constancia y disciplina en su aprendizaje, al compromiso firme con sus ideales, a percibir que están cerca de realizar un inalcanzable sueño; o será por el apoyo incondicional y respetuoso de sus familiares y amigos, de la capacidad de compartir su propia felicidad con los demás.

Se justificaba mi emoción quizá por la excelencia musical de la banda de grandes maestros que acompaña a los cantantes, por la noble esperanza de algunos por abandonar trabajos no deseados para desempeñar y disfrutar de su más puro arte; puede que influyan las singulares historias familiares que rodean a cada aspirante, algunas de ellas merecedoras de su propio documental; porque podía sentir la bondad de los que no superan la prueba y vuelven a su casa, dejando atrás –con ejemplar dignidad- un minuto y medio de gloria; porque se vive desde el sofá el valor que un artista otorga a una sola oportunidad como esta; la sensibilidad y el talento envuelven el entorno, la explosión de emociones es capaz de acoger momentos de humor y risas; seguro que también me activa profesionalmente la alta calidad técnica y audiovisual del equipo del programa y, finalmente, que se me permita acceder al universo común de las emociones, el de compartir lágrimas de alegría y de pena con unos padres orgullosos, con unos abuelos rotos de felicidad, con los amigos que conocen todos los secretos del artista y con las parejas poseedoras del cofre de los sentimientos más íntimos de cada aspirante”.

“La Voz” merece un premio, una distinción complementaria al éxito de la audiencia y de la opinión pública, un reconocimiento por su capacidad de elevar la simplicidad de un concurso musical a la categoría de experiencia social televisiva.

“La Voz”, saca a flote valores humanos que trascienden de lo meramente pasivo; ofrece la opción de luchar y perseguir un deseo y facilita que, los valientes concursantes, durante un par de horas, sean guía y ejemplo de lo que es normal, sencillo, común y emocionante: tener objetivos y vivirlos con intensidad.

¡Claro, por eso lloro!

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