FIRMAS Salvador García

Alfonso Versus Alonso | Salvador García Llanos

La conclusión a la que habrán llegado el presidente del Cabildo Insular, Carlos Alonso, y el alcalde del Puerto de la Cruz, Lope Afonso, es que sus diferentes puntos de vista a cuenta del proyecto del puerto de la ciudad turística interesan cada vez menos, incluso en la red social que los acogió, donde un número reducido de usuarios -si se compara con el entusiasmo participativo que en su momento despertaron algunas informaciones sobre la actuación- siguió el curso del anuncio del regidor en Gente Radio, consistente en que las obras no comenzarían antes del final del presente mandato, replicado horas después por el presidente cabildicio en facebook, donde, en un tris de afearle la conducta, señalaba que seguía trabajando “para culminar los trámites y empezar las obras en este mandato”. Al día siguiente, prácticamente en los mismos espacios, se sucedieron los matices y las puntualizaciones, hechos que igual no mejoraron las discrepancias sino todo lo contrario.

Y es que la gente está tan cansada de anticipos de políticos, luego incumplidos o frustrados -por las causas que sea-, que un alarde de sinceridad como aparentaba ser el del alcalde portuense ni siquiera es reconocido. ¿O fue un amago, un globosonda bienqueda y de paso calibrar reacciones? Miren que con estas cosas no se juega. Y mucho menos si, como ocurrió, las partes introdujeron referencias electorales: «final del mandato», «antes o después de las elecciones de 2019», «ya veremos lo que pasa de aquí a entonces», «no renunciamos a empezar la obra este mandato»… expresiones textuales que han podido leerse en esta contraposición de ideas que, en el fondo, revela la supuesta rentabilidad de la actuación, más allá de los intereses generales y de la utilidad, aún por demostrar. Se ha especulado tanto, se ha hecho tal «show» de manipulaciones, dimes y diretes, que las sensatas explicaciones para justificar una demora alimentan el escepticismo de la parte de población que aún confía en la viabilidad de este proyecto y estima que es, poco menos, la panacea de las necesidades de la ciudad, cuando respetablemente no es así. 

El caso es que el munícipe se arrugó -al menos inicialmente- y encontró una réplica mesurada de su socio político a quien no puede negarse, en este mandato, voluntad de impulsar y mejorar la ciudad, tanto en infraestructuras como en dotaciones. Alonso sigue creyendo, sin perder ocasión, por cierto, de atribuir culpas a los responsables socialistas del anterior Gobierno de Canarias, como si éstos, en todo caso, no estuvieran cumpliendo con su deber de hacer las cosas como mandan los cánones teniendo en cuenta la importancia y la complejidad del proyecto. Pero, después de subrayar que en esta tramitación se esmera con el área  de Urbanismo del Ayuntamiento,  «trabajo -escribió el presidente del Cabildo- para conseguir el objetivo irrenunciable del muelle del Puerto».

 

Cabe dudar de la utilidad de la polémica, que hubiera tenido otra dimensión, ciertamente, si fuera otro el color político del alcalde. Y miren que aún falta aprobar el proyecto definitivo, concretar aspectos concretos del dominio público marítimo-terrestre, fórmulas de financiación, captación efectiva de inversores y rentabilidad mensurable del municipio que aporta los terrenos. Dijo el alcalde en segunda instancia, es decir, cuando ya había hecho el primer saque, que le gustaría equivocarse. A ver si el segundo traspasa la red «pues no hay marcha atrás y no hay espacio para la desilusión y el pesimismo», por lo que le honra «lamentar profundamente haber creado algún desasosiego».

 

Pero no crea que en gran medida pues el personal, incrédulo, pasota, indolente y bastante cansado de previsiones que no se materializan, empieza a ver normal que estas cosas sucedan. Fíjense que en la Ley de Puertos fue introducida una disposición a partir de la nueva Ley del Suelo, rebajando la declaración del puerto del Puerto de interés general a interés insular (¿también culpa de los socialistas?) y aún se aguarda una cabal explicación. Ese personal se ha acostumbrado a dilaciones y a ver la famosa perdiz algo más que mareada: «Siempre lo mismo, no lo verán mis nietos, ya está bien de engañar…», algunas de las frases comunes de estas fechas. Crudo lo tienen pues para convencerlo de que todavía es posible que cristalice el proyecto, aún cuando es complicado despejar las sombras del fracaso. Baste comprobar cómo ha bajado el diapasón de las redes de ciudadanía. Ni siquiera ese principio elemental de acción-reacción.

Igual es lo mejor que podía suceder.

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