A babor | Microalgas | Francisco Pomares

Ago 12, 2017 Sin comentarios por

La aparición en las costas de toda Canarias de grandes manchas, producidas por la infestación de colonias de microalgas, ha provocado el consabido debate público: no se trata tanto de determinar qué son las microalgas, si suponen riesgo real, qué las provoca o cómo puede evitarse que sigan afeando las playas y creando molestias para el baño. De lo que se trata es de buscar a alguien a quien echarle la culpa de lo que pasa. Nuestra sociedad se ha especializado en ese sistema: ante cualquier problema, lo que se necesita es un responsable. Y si el responsable es un político o un famoso, pues mejor que mejor.

En este asunto hay buenas noticias y malas noticias. La buena es que la calidad microbiológica del agua de las playas en Canarias es buena. En lo que va de año se han realizado casi 4.000 análisis del agua de nuestras playas y costas por la Dirección General de Salud Pública (son muchos análisis cada día) y las aguas son perfectamente aptas para bañarse. Las microalgas no son potencialmente peligrosas, aunque eso no implica que no puedan provocar molestias. No deben ser ingeridas y algunas personas especialmente sensibles podrían sufrir irritación en piel y ojos. Las microalgas son fitobacterias fotosintéticas que podrían considerarse un escalón bajo de la botánica, porque realizan la síntesis de la clorofila, como los vegetales, o parte de la zona intermedia entre el mundo vegetal y el bacteriano. Captan nitrógeno del aire, pero también pueden extraerlo de ambientes contaminados por emisiones de aguas industriales o fecales. Siempre las ha habido en Canarias, pero este verano, con el aumento de las temperaturas marinas por encina de los 22 grados, las microalgas se han hecho más visibles. Y más aún en zonas donde pueden captar nitrógeno y fósforo de la porquería que tiramos al mar.

La primera mala noticia es que no se puede hacer nada a corto plazo: el principal motivo de su existencia es que la concentración de CO2 en la atmósfera ha provocado un aumento de las temperaturas, que ya se sitúan un grado más altas que hace 35 años. La coloración de las playas es una manifestación muy menor del cambio climático. Y desde luego no de las más graves. Si seguimos a este ritmo, con los cambios que se avecinan, lo de las microalgas nos va a sonar a broma.

La otra mala noticia es que no hay responsables directos a los que colgarles este muerto. Puede que con un sistema de depuración de aguas mejor que el que tenemos en Canarias, su impacto fuera algo menor de lo que es. Pero en las Islas se prefiere gastar los impuestos en hacer campos de fútbol en los barrios o financiar carnavales y romerías: da muchos más votos que depurar las aguas o construir emisarios submarinos alejados de la costa. Pero incluso con un buen sistema de depuración, las microalgas seguirían aquí este verano. Las provoca el calor y no necesitan sacar nitrógeno de los casi 300.000 metros cúbicos de mierda apenas depurada que tiramos cada día al mar. Lo cogen directamente del aire.

Y otra: ¿quién tiene la culpa de que haga más calor? Hace un par de días, discutía con mi hijo sobre la responsabilidad de Donald Trump en el cambio de las políticas mundiales para frenar el cambio climático. Lo hacía al fresquito en un Dunkin Donuts de una calle madrileña. Fuera, la temperatura rondaba los 40 grados. Al salir, los acondicionadores del local lanzaban al aire un infierno de calor, muy por encima de esos 40 grados. Somos nosotros los que estamos cambiando el clima. Todos nosotros. Trump tiene más poder y es más responsable, pero nuestra sociedad es cada día menos permeable a asumir su propia cuota de culpa. Señalamos a alguien culpable de lo que nos ocurre, lo linchamos mediáticamente durante unos días, y luego seguimos haciendo exactamente lo mismo de siempre. Nadie cree que sea importante cambiar de verdad las cosas.

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