Sin categorizar

“Me agradaban aquellas africanitas de España” | Por Eduardo García Rojas

Rafael García Serrano es un escritor falangista que cuenta con algunas novelas, excelentes si se gusta del relato bélico, que se desarrollan durante la Guerra Civil y en las que procuró presentar al enemigo como un hermano al que se combatía por defender el lado equivocado.

Si se tiene interés en conocer lo que pensaba el soldado nacional de aquella Guerra, la lectura de las obras de García Serrano es obligada pese a que su estilo se haya vuelto acartonado y cursi.

La fiel infantería y Diccionario para un macuto se encuentran entre los libros más populares de un escritor que vivió la Guerra Civil en los campos de batalla, por lo que conoció muy de cerca el miedo de las trincheras y el aprecio por sus compañeros de armas, de un lado y del otro, que llegaron a las manos por defender sus ideas de España.

Andrés Trapiello califica en Las armas y las letras las novelas de García Serrano de “vigorosas”, aunque hoy es prácticamente un desconocido en la literatura que generó aquella guerra. Cosas de un país que no perdona.

Bailando hasta la Cruz del Sur no es una novela sino la crónica periodística de un viaje que Rafael García Serrano realizó en barco acompañando a los Coros y Danzas de la Sección Femenina. Sobre este viaje da pinceladas de sus impresiones sobre aquellas mujeres de todas partes de España y también de las ciudades donde el barco hace escala.

Encontramos el libro en el Rastro de Santa Cruz de Tenerife una mañana soleada de domingo, con un cielo azul que rompía los ojos. La edición data de 1953 y está dedicada por el propio García Serrano a una de las mujeres tinerfeñas que hicieron aquel viaje. En la crónica, escribe unas impresiones de Tenerife que hoy parecen de broma. O sacadas de una película de Berlanga.

Lean, lean lo que pasa cuando el Monte Albertia, el barco en el que navegan, se aproxima al archipiélago:

Tocaríamos en las islas Canarias, que yo no conocía. Era justo piropearlas, porque de su belleza sí que sabía cosas y porque sus representantes a bordo eran fenomenales de  simpatía, de hermosura, de gracia. Era un lote muy completito el de Tenerife, bajo el mando de Antonio Mandillo, con su voz rota y su chistera sobre la más amplia sonrisa para el mejor humor del mundo. Me agradaban aquellas africanitas de España por sus gestos suaves, su lenta melancolía, su acento cantarín y como dormido, pero cálido y grato, por sus nombres fantásticos, entre el romance y la novela inglesa, entre la hermosa provincia nuestra y el entero mundo: junto a las Amparo, las Isabeles y las Marías, junto a las Josefinas y las Estheres, Violalba y Dolly, Isolina y Groelandia. Ahora me fue más fácil la segunda estrofa. Seguía hablándole a España:

(Y las Islas Canarias

con que te adelantas tú,

son un ramo de flores

para mi camisa azul.)

Por entonces se habían quitado la camisa azul muchos que se la pusieron para ser ministros o directores generales o cosas de ésas.”

A medida que el barco se aproxima a las islas, el verbo de Rafael García Serrano se vuelve más azul, tanto como el azul marino de la bandera de Tenerife:

“De madrugada, entre la niebla sutil, entre la niebla que era como uno de los encajes catalanes del grupo de Lérida, asomaba la gaita del Teide. El Monte Albertia había tocado zafarrancho de júbilo. España a la vista, España otra vez tras el viaje por las antiguas provincias españolas. Un secreto e instintivo resumen, escrito más que nada en los gestos –porque no es lo mismo volver de Buenos Aires que de Bayona, de Rosario de Pau, de Mendoza que de Biarritz– nos indicaba que ni un solo momento habíamos dejado de sentirnos en casa.”

“Las chicas canarias y los tres músicos, Gracia y Méndez, y sobre todo  la sencilla amistad de Paco Martín, me iban bautizando el paisaje, reduciendo la topografía a un dulce menudeo de nombres y de recuerdos: El Escobonal, La Medida, los montes de Güímar, Candelaria –con la Virgen pequeña–, Arafo, y a la sombra de la Sierra de Anaga, Santa Cruz de Tenerife.”

Los pasajeros, sin embargo, permanecerán solo un día en la capital tinerfeña, un 13 de julio anota el escritor y

“Desde entonces suspiro por Santa Cruz y me queda la nostalgia imbatida de Las Palmas, y hasta que no vaya, respire, descanse y vea, no estaré tranquilo.”

En su breve estancia en Tenerife, Rafael García Serrano cuenta que tuvo tiempo para dictar vía telefónica un capítulo del reportaje y caminar por los “paisajes nocturnos de Santa Cruz, escoltado por la amena amistad de Hernández Rubio.”

A la mañana siguiente, el escritor visita La Laguna para “encontrar la niebla –la dulce y amiga niebla de mi infancia– y chirimiri –como en las Navidades navarras–y conocer el valle de La Orotava.

Finalmente y al caer la noche, el barco zarpa rumbo a América:

“Oscureció al rato y veíamos las luces de Santa Cruz como un belén veraniego que nos apretaba la melancolía.”

Bailando hasta la Cruz del Sur mantiene más o menos esté tono en todos los puertos que atraca así que los hechos que narran van desde la  nostalgia imperial falangista a una reivindicación del soy español igual de rancia. Es la mirada de un soldado salido de las trincheras, de alguien que cree vehementemente en sus ideas aunque sospeche que han sido traicionadas.

Una mirada congelada en el tiempo.

Ese mismo tiempo que unos quieren enterrar y otros desenterrar en nombre de la memoria.

Saludos, todo está en los libros, desde este lado del ordenador.