FIRMAS Salvador García

El «Tamayazo» original | Salvador García Llanos

Nos hemos acordado unos cuantos durante los últimos días convulsos para el partido gubernamental de aquel vergonzante hecho que impidió el gobierno de los progresistas en la Comunidad de Madrid y que pasó a la posteridad como el “tamayazo”, en alusión al apellido de un diputado socialista, Tamayo, que no se presentó, junto a una compañera, Teresa Sáez, a la votación de modo que la investidura de Rafael Simancas no prosperó y hubo que repetir las elecciones. Un episodio de transfuguismo político interesado del que aún se sigue hablando.

Convenimos en que ahí radica el pecado original, en que ese es el origen de todos los males que vienen desnudando desde hace unos años las miserias políticas y humanas de no pocos cargos públicos, estigmatizados -sobre todo después de que la Justicia les condene- por la corrupción. Aquel hecho, insuficientemente esclarecido y del que nadie se hace responsable, era la piedra angular de algo más que una trama: era el núcleo de un modo de hacer política que ha terminado devorándose a sí mismo, porque ese monstruo es insaciable, no conoce treguas ni armisticios y además no le importa dejar cadáveres, mucho menos cuando a medida que se convive con él, apenas hay afecciones negativas. Quienes invirtieron en el “tamayazo” sabían muy bien lo que hacían: eran conscientes de que estaban ante la madre de todos los desmanes en el manejo de recursos públicos que habrían de sucederse. Aquel era el sostén del tinglado: cuestión de persuadir, de crear una cultura -por así decir- hasta sumar y multiplicar, que si se descubre, ya habrá por donde salir. En esas andan…
No se sabe qué dirá el presidente del Gobierno y de su formación política ni siquiera en sede judicial a donde habrá de acudir como testigo; otro ex ministro, Zaplana, está siendo investigado y Esperanza Aguirre, hasta hace poco la plenipotenciaria, ha arrojado la toalla porque ya no había más ranas ni más lágrimas ni más aislados. La crisis, con silencios, sospechas, renuncias y presunción de inocencia, faltaría más, proyecta su alargada sombra en el solar patrio y allende los mares, que no vean cómo estarán poniéndonos por esas latitudes.
Allá, tras los comicios de 2003, arrancó Tamayo. Desde entonces, el sindiós del Partido Popular, ese desbarajuste a durísimas penas controlable y controlado, ensombrece cualquier gestión institucional o política, aunque apenas quede rastro en los congresos recientemente celebrados, donde no parece que la autocrítica haya sido nota sobresaliente. Desde entonces, un rosario de ilícitos, de errores y omisiones, un saqueo que ojalá esté tocando a su fin, de verdad. Por salud política y democrática. El aire está cada vez más viciado y, por tanto, se hace irrespirable, incluso para quienes tienen que defender el corral: es difícil, a estas alturas del desaguisado, encontrar frases y argumentos -por muy teñidos que estén de condena y reprobación- que justifiquen un comportamiento lacerante que está causando un daño irrversible. Nos hacemos cargo de lo mal que tienen que estar pasándolo los cargos, los representantes y los militantes de la formación conservadora. Se acabaron los atajos de los discursos, por muy amplificados que estén mediáticamente.
El “tamayazo” devino en una inagotable cadena de indebidos e irregularidades cuyas repercusiones políticas están aún por contrastar. No supieron no quisieron o no pudieron cortarla a tiempo, desde la oposición y desde los propios medios.
Ya es tarde: ya solo queda esperar la noticia del próximo investigado o del nuevo escándalo.

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