FIRMAS Salvador García

Groserías y ordinarieces. Por Salvador García Llanos

No es que se abra vena puritana alguna ni escandalicen a estas alturas las expresiones desde la tribuna de oradores: se habla tan mal en tantos lados, incluidos los medios de comunicación, que los tacos, las locuciones, las soeces y los denuestos han terminado conviviendo hasta en lugares donde se supone que debe guardarse un cierto respeto y hasta una cierta pulcritud en el manejo del lenguaje y de las formas dialécticas.

Uno de esos lugares es el Congreso de los Diputados, donde hemos escuchado días pasados una serie de groserías y ordinarieces que si son un elemento de la nueva política, desde ya hay que decir que es preferible la de siempre, la que, siquiera de vez en cuando, aportó excelentes oradores que no solo honraron la institución sino que la pusieron en el nivel que puede aguardarse y contribuyeron a un ilustrativo conocimiento de los asuntos que nos conciernen.
Ni siquiera el empleo del lenguaje coloquial o de la calle para argumentar en el Parlamento justificaría la utilización de frases que ya forman parte del Diario de sesiones y que quizá algún día se vuelvan en contra de quien las profirió. Ya se verá entonces su capacidad de encaje. Pero ahora, las expresiones del portavoz parlamentario de Podemos, Pablo Iglesias, a propósito de la aplicación de los denominados vetos presupuestarios por parte del Gobierno, han resultado de mal gusto, como demostrativas de que se encuentra desubicado y que confunde la tribuna de la Cámara con la de otros escenarios donde igual pasan inadvertidas o son despachadas entre sonrisas y aplausos. El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, replicó con indiferencia no exenta de ironía: es lo que más duele en este tipo de cruces dialécticos. Y miren que para poner en evidencia al presidente, incluso en ese terreno que le gusta tanto, no hace falta tanta destreza dialéctica. Aquí fue el mismo Iglesias quien se puso y así cosechó algunas discrepancias de los suyos.
Aunque parezca una obviedad aplastante: se espera que en la tribuna de las Cortes los intervinientes lo hagan con corrección, sin perjuicio de juegos de palabras, de pleonasmos o de expresiones coloquiales, de morcillas en fin, que se cuelan en una intervención sin que esta pierda enjundia. Se trata de hacerlo en el contexto en que el orador se encuentra. Si para romper el tedio o el aburrimiento, hay que recurrir a la fraseología que se aprende en los ambientes colegiales o en los bares, mejor invertir en otras cosas pues hablando así -repetimos: sin propensión a los puritanismos ni a los escandaletes- también se contribuye a robustecer el descrédito y el rechazo que, lamentablemente, la política inspira de facto.
Puede el señor Iglesias, si quiere, ufanarse de su dialéctica trufada de vulgarismos, pero que sepa que mucha gente estima que se puede esperar otra cosa, algo distinto, algo mejor de quien, sin duda, posee preparación y cultura suficientes para que las diatribas parlamentarias no se vean devaluadas y para hacer que destaquen, de paso, aquellos cuya gestión política de algunas decisiones deja mucho que desear.

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