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Calima. Por Eduardo García Rojas

Dicen que lo vieron paseando sin rumbo por ahí, “como un membrillo” comentó alguien en la cafetería mientras se apreuraba a dar un buche a su agua con bolitas. Sobre la barra descansaba un periódico bastante maltratado ya a esa hora de la mañana y se puso a mirarlo, más que leerlo, mientras esperaba su té rojo con una paciencia digna del santo Job.

Alguien dijo adiós cuando salía por la puerta del bar, y se dio la vuelta creyendo que la despedida iba dirigida a él pero no, se equivocaba como casi siempre, porque quién atravesaba el umbral era un perfecto desconocido. Uno de los camareros si que correspondió al saludo agitando la mano.

Tuvo calor de repente y la tos continuaba, ahora más fuerte por culpa de la dichosa calima que se cernía sobre la ciudad. La calima, pensó al tiempo que pasaba las páginas del periódico maltratado, esa espesa niebla de polvo que de tanto en tanto se adueña del cielo y complica la respiración.

Polvo eres y en polvo te convertirás, pensó en un día rutinario, solo roto por esa parada en un bar a tomarse un té. Un té con limón, por favor, le dijo al camarero cuando le dejó la taza a su lado. El camarero cortó un limón y le puso en el platito la rodaja.

Tras tomarse el brebaje y pagar, salió a esa calle tomada por el polvo en suspensión y descubrió que quienes lo perseguían habían desaparecido, casi como si se hubieran volatilizado en el aire. Una nube más en esa siniestra visión de una calle en la que domina un color sobre los otros: el canelo sahariano

Al llegar a su casa lo primero que hizo fue ordenar muchos de los libros de su biblioteca y preguntarse qué es la vida, si un frenesí o una ilusión, pero esas cosas le pasan cuando coloca y desplaza libros. Vaya, exclama en silencio, ese lo tengo repetido y ese también…

(*) La imagen que ilustra estas líneas es Calibán segúnFranz Marc

Saludos, calima, desde este lado del ordenador.

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