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Tercer Camino de Santiago, ¡Atreverse a saber! Por Manuel Herrador Calatrava

He necesitado recorrer tres Caminos de Santiago diferentes para recibir en el último, frontalmente, sin esperarlo, una nueva perspectiva de valoración vital junto a curiosas reflexiones, nunca antes sentidas.

10/03/2017 

La toma inicial de contacto, el primer Camino, lleno de experiencias agridulces, ampollas y rozaduras, agujetas y dolores, humedades y agotamiento, junto al descubrimiento diario de bellos paisajes y la satisfacción de concluir la aventura –tras siete duras etapas- en la Plaza del Obradoiro, corresponde, sin duda, a una experiencia única y bella, pero que aún está muy lejos de lo vivido y sentido al realizar un tercer Camino.

La segunda ocasión que se recorre, tras el aprendizaje de la primera, la veteranía permite neutralizar los sufrimientos físicos del pasado y acometer con éxito otra apasionante ruta que facilita escuchar paciente los sonidos de la naturaleza, saborear con calma la gastronomía gallega y empaparse a conciencia del verdor húmedo de valles y montañas. Es así.
Pero, el tercer Camino…, es muy distinto. Sin ni siquiera sospecharlo, proporciona una especial sensibilidad analítica, una intensa capacidad de reflexión, un vasto campo de conocimiento y un emocionante flujo diario de percepción multisensorial que, jamás antes, había sentido ni experimentado. Lo fui grabando en el móvil, con mi voz, cuando iban produciéndose cada uno de estos inesperados extremos; para no olvidarlos, para poder recordarlos y, ahora, darles forma textual y compartirlos contigo, que me estás leyendo.

Y, a lo largo de las siete etapas, desde O Cebreiro hasta Santiago de Compostela, caminando uno a uno los 160 kilómetros de distancia que los separa, percibí y comprobé:
– Que no sé cómo agradecer a los camareros y hosteleros su abnegación acostándose a la una de la madrugada, tras dar la cena a los peregrinos, y que a las seis y media de la mañana –apenas cinco horas más tarde- estuvieran preparados con una nueva sonrisa para ofrecer el desayuno.
– Que ni un euro ni mil; que el dinero, entre los pastos, mientras te observa asustadiza una noble vaca gallega, no sirve absolutamente para nada; la Naturaleza se entrega con una sola condición, que se admire y reconozca su belleza.
– Que llevar Ibuprofeno o Paracetamol es un insulto al medioambiente y una pérdida de tiempo y dinero porque, en el Camino, nunca duele la cabeza.
– Que sobran las agendas y las citas, las alarmas y los avisos, las notas y los apuntes. Solo hay una gestión diaria, la misma cada jornada, dejarse invadir por los sentidos y la fuerza de la Naturaleza, una y otra vez.
– Que para dormir de un tirón, cómoda y profundamente, solo hace falta una cama modesta, una habitación pequeña y un estrecho aseo. Si de verdad, durante el día, te has fundido con el Camino, si has dialogado con sus piedras y acariciado su musgo, entonces la noche te abraza en su placentera oscuridad.
– Que cruzarse con alguien en el Camino y desearle un buen día, darle ánimo y aliento, no es solo un tema de cortesía, no, es reencontrarse con las buenas maneras, con la elegancia exquisita, con la buena educación.
– Que cuando llueve, incluso durante todo el día, no hay que esconderse ni resguardarse, al contrario, hay que dejar que el agua te acaricie, que llene de gotas frescas los cristales de las gafas, que humedezca de límpida pureza transparente todo el cuerpo.
– Que degustar una fruta, un trozo de pan o una pieza de chocolate junto al relajante chapaleo de un riachuelo, al compás del coro de mil y un pájaros, proyecta en el paladar un estallido de sabores hasta entonces desconocidos.
– Que se está feliz, alegre y saludable sin atascos, sin Mercadonas de barrio ni Alcampos de polígono, sin tablets, sin datos de audiencia, sin bonolotos y sin contaminación; sin multas y con un tractor.
– Que la Naturaleza te presta los materiales, todos, que necesitas para construir tu casa.
– Que no es necesario llegar primero y ser el mejor; que no se precisa competir; que se comparte el recorrido, cada uno a su paso; lo que importa es terminar, avanzar, aunque sea despacio, incluso llegando el último.
– Que no hay que llevar más carga de la precisa; que lo que sobra, lo inútil, te castiga, te pesa, te retrasa y te daña; sin despilfarros, lo justo, lo equilibrado.
– Que ante un problema, el control mental es clave. Cuando un árbol caído o un gran charco de agua y barro interrumpen el Camino, existen las alternativas que otros han tomado antes que nosotros y, con tranquilidad, sin desesperación, vemos muy cerca nuevas rutas abiertas por aquellos que nos han precedido.
– Que el dolor no debe paralizarnos, sería un remedio efímero; que debemos continuar, aunque desaceleremos nuestra marcha, porque el objetivo es llegar con el acopio progresivo de experiencia y conocimiento, con el sufrimiento padecido que nos enseñará a ser mejores en las próximas etapas.
– Que hay bellísimos lugares a los que nada ni nadie puede llevarnos; tan solo tenemos derecho a disfrutarlos si, paso a paso, experiencia a experiencia, nos acercamos a ellos y los descubrimos por nuestro propio pie, con esfuerzo y constancia, con decisión y actitud.

O sea, lecciones para la propia vida. Este tercer Camino de Santiago ha fusionado los tres elementos que me conforman: mente, cuerpo y espíritu.

¡Qué más sentiré en los futuros Caminos que aún me quedan por recorrer!

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