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Fallece la escritora Esther Terrón Montero. Por Eduardo García Rojas

Tal vez como consecuencia de mi estado de sopor permanente ayer volví a perderme buscando el apartamento. Cuando me pierdo pienso: si encuentro la autopista estoy a salvo, si tomo la salida 78 llego a casa, pero temo que algún día me falle el truco. Cada vez es más difícil, cada vez es más difícil orientarse sobre un territorio en cambio continuo. “Debería hacerme con una carta celeste”, pienso a veces con una ironía no exenta de dramatismo. Hoy he visto un palmeral que ayer no estaba.”

(Junio, Esther Terrón Montero, colección Tid, Ediciones idea)

Me entero por casualidad del fallecimiento de Esther Terrón Montero, autora de una única novela, Junio, que merecía mayor eco del que obtuvo cuando fue publicada hace ahora seis años, más o menos.

Junio se trata de una novela vagamente autobiográfica y se desarrolla en su mayor parte en un colegio del sur de Tenerife. Es una novela inquietante, extraña, con eco involuntario a El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati. Un libro en el que aparentemente no pasa nada pero en el que sí que pasan muchas cosas en su subsuelo.

Por aquel entonces, recibimos la lectura de Junio con asombro y se resaltó en la reseña que le dedicamos que esperábamos leer cosas nuevas de una escritora no ya en ciernes sino completa para ofrecer a los lectores su curiosa percepción del mundo a través de la literatura, que de esto se trata.

Conocí personalmente a Esther Terrón una tarde de 2012. Quedamos en el kiosco de La Paz, que ya no existe, y hablamos además de su novela de los libros que nos gustaban. Coincidimos en nuestro mutuo aprecio por John le Carré, que es un autor imprescindible cuando se le conoce, y anocheció sin que nos diéramos cuenta.

Hace unos días pensé en ella, no sé exactamente bien la razón. En las redes sociales dicen que falleció un 24 de febrero, un día, el 24 de febrero, en el que se me fue un gran amigo y escritor, Ezequiel Pérez Plasencia. No quiero creer en las coincidencias, pero a veces pienso que el azar conspira para hacernos un poco más infelices.

Esther Terrón Montero escribe en su blog (y el uso del tiempo presente es aposta, porque la escritora vive a través de lo que dejó escrito) que Junio se trata de una novela que “es más bien una alegoría sobre la soledad y la incomunicación en medio de un paisaje deshumanizado, un paisaje que conozco bien, el del sur de Tenerife, mi isla. Un lugar que, paradójicamente, es uno de los más bellos que conozco.”

Junio es una novela de necesaria lectura en este archipiélago que vive tan de espalda a sus posibilidades creativas, un título que exige la reivindicación que se merece una escritora que supo reflejar con excelencia los fantasmas que genera la soledad sin trampas ni cartón. Escribíamos entonces y lo ratificamos ahora que Junio es una novela que genera desasosiego. Una novela donde “la asfixia que sufre su protagonista araña también el ánimo del lector”.

Y una especie de desasosiego me acompaña desde que conocí la noticia de su ausencia. Me calma pensar que al menos tuve la suerte de conocer a la narradora y a la estupenda mujer que fue Esther Terrón Montero.

Saludos, muy amargos, desde este lado del ordenador.

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