FIRMAS Francisco Pomares

A babor. Esos ñus endemoniados que nos gobiernan. Por Francisco Pomares

Un estudio de las dos universidades canarias, encargado por el Comisionado para la pobreza del Gobierno regional, nos vuelve a recordar que la brecha entre los más ricos y los más pobres sigue creciendo en Canarias, y que la región se encuentra a la cola entre las regiones con mayor incidencia de la pobreza severa en el país. No es una novedad, desde luego, pero es bueno que se recuerde cómo pasan los años sin que nadie en estas islas ni fuera de ellas haya sido capaz de darle la vuelta a una tendencia imparable que nos separa cada vez más de las medias continentales.

Sé que es un recurso muy fácil acusar a quienes nos gobiernan de no ocuparse de esa situación. No quiero caer en la demagogia ni utilizar los recursos de la falsa indignación y el trazo grueso para describir los comportamientos (y discursos) de los políticos en relación con la pobreza. Demasiada falsa indignación y demasiado postureo hay hoy con todo. El hecho real es que distintas organizaciones -Cáritas entre ellas- coinciden en calcular que hay hoy en Canarias medio millón de personas que no pueden acceder a satisfacer de una manera suficiente las necesidades básicas para una calidad de vida razonable, personas con problemas de vivienda, de marginalidad, de educación, de asistencia sanitaria o de acceso a servicios tan básicos como la energía o el transporte. Son los pobres de hoy, gente que puede alimentarse -de manera desequilibrada, pero con suficiente aportación calórica, incluso con más de la necesaria- y que vive de la ayuda social o familiar, la cobertura del desempleo, o con salarios mínimos, insuficientes y a veces trucados y fraudulentos. Por supuesto que esa pobreza es menos intensa que la de muchas zonas del tercer mundo, pero es que la pobreza no es un factor universal, sino relativo, que tiene mucho que ver con la justicia social y los desequilibrios en una comunidad concreta.

Frente a este asunto, el principal  y más grave problema social al que hoy se enfrenta Canarias, en el comportamiento político hay de todo como en botica: desde quienes se toman en serio implementar decisiones que contribuyan a acabar con la miseria, hasta quienes piensan como la Susanita de Mafalda, que basta con esconder a los pobres para que no se noten, para que no incordien mucho. Son los que se esfuerzan en rebatir estadísticas o reducir la pobreza severa a un situación marginal, cuando lo cierto es que no para de crecer y ya ronda a una de cada siete familias.

La diputada Cristina Tavío se refirió el lunes a los presidentes de Cabildo que la liaron en la última Comisión de Cabildos del Parlamento como «ñus endemoniados». Vi el debate en diferido, en el canal por internet del Parlamento, y he decidido adoptar el término. He visto a muchos políticos enfadarse, pero nunca he visto a ninguno enfurecerse como un ñu cuando se trata de enfrentarse a la pobreza. Aquí todas las broncas y asirocamientos tienen que ver con el reparto del dinero o del poder. Mucha santa indignación, mucho hablar de la dignidad y honor de los partidos, mucho llenarse la boca con el rol de las instituciones, pero si toca medir la miseria, asignar recursos para paliarla, o gestionar políticas redistributivas, se produce una milagrosa transformación de nuestros ñus y demonios de Tasmania, y quienes nos gobiernan mutan en educados caballeros de club británico, discutiendo con apacible cordura qué hacer, como quien discute si es mejor el té solo, con limón o con una nube de leche.

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