FIRMAS Salvador García

Consultas populares. Por Salvador García Llanos

Declina 2016, el año que será recordado, entre otras cosas, por los inesperados resultados de consultas populares en forma de referéndum, convocadas en Reino Unido, Colombia e Italia. Triunfó el ‘no’ entre los británicos que habrían de decidir su pertenencia a la Unión Europea (UE), como también entre los colombianos a los que el acuerdo de paz con las fuerzas armadas revolucionarias no satisfacía del todo y entre los italianos a quienes la reforma constitucional propuesta mereció el rechazo. Las consecuencias no han tenido -ni tienen- una fácil digestión. Con estos antecedentes, si permiten la digresión, a ver quién es el próximo que se atreve con otro referéndum.

El caso es que el voto, quintaesencia del funcionamiento de la democracia y de la participación social, está siendo utilizado, paradójicamente, para castigar a quienes promueven las consultas o quieren depositar en la voluntad popular la supuesta solución de un problema político de envergadura que, además, no les resulta ajeno. Mientras no se discute el método escogido, se dirá que es cuestión de cálculo o de visión política, factores entre los que hay que incluir el rechazo a la política, la desconfianza que, en términos generales, se está contagiando como una suerte de hartazgo. La democracia está llamada a perfeccionarse, claro que sí. Y debe utilizar los recursos de que dispone para hacerlo. Pero resulta que las exigencias de las sociedades han ido más allá, especialmente por parte de las nuevas generaciones que, más exigentes y mejor informadas, no se conforman y se lanzan con decisiones cuyas consecuencias parece que no les importan. Ahí es donde late ese castigo de los electores del que hablamos.
Entonces, la disyuntiva es: ¿soluciones a base de sufragio y mayoritarismo puro y duro; o puesta en marcha de un proceso analítico, riguroso, explicativo, consensuado, pedagógico y participativo para alcanzar y aprobar acuerdos de forma no menos legítima desde el punto de vista democrático? Cuando se habla de una democracia de más calidad, de más cultura por parte de quienes conviven y, de alguna forma, la usufructúan, se debe pensar en que no todas las situaciones deben simplificarse o reducirse a la respuesta, afirmativa o negativa, de una dicotomía que puede resultar hasta tramposa. Esa tentación plebiscitaria… Los tres ejemplos de consulta popular que hemos señalado son una buena forma de entenderla: intereses políticos teñidos de personalismo.
Hay un evidente inconformismo de la sociedad de nuestros días con la democracia y su funcionamiento. Por ahí, en medio de esa insatisfacción, no habrían de extrañar ciertas e inesperadas respuestas. Entonces, que las experiencias, al coste que hayan tenido, sean tomadas en cuenta porque cuando es el interés general o el beneficio colectivo lo que prima no debe quedar desvirtuado por operaciones añadidas o valores disfrazados. La democracia va más allá de votar y aplicar de suyo las mayorías subsiguientes.

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