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Puro cuento puro. Por Eduardo García Rojas

Yolanda Delgado Batista debutó en la arena literaria con La isla de las palabras desordenadas (2011), una novela armada con fragmentos, aparentemente dispersos, en la que recurría a la memoria para hurgar en las entrañas de una familia.

La isla de las palabras desordenadas conmovía, en ocasiones por la desnudez emocional que su autora transmitía a través de sus páginas. Página en las que algo latía, como algo late ahora en Puro cuento (colección Sitio de fuego, Baile del Sol, 2016) que es el segundo libro publicado por Yolanda Delgado y volumen que recopila 32 relatos que revelan a una escritora que se mueve, y muy bien, en el complejo territorio de las historias cortas.

La literatura española cuenta con excelentes cuentistas pero no ha sido un género en el que transite demasiado. Esta tendencia ha ido cambiando en los últimos años por lo que no es extraño apreciar en quienes lo practican, al relato nos referimos, que se inspiren en autores extranjeros que hicieron del cuento un arte.

Chejov y Maupassant son, a nuestro juicio, dos de los grandes maestros del cuento. De cuento cuando el cuento bucea en las emociones humana; cuando desvela estados de ánimo con una profundidad psicológica que no necesita de páginas y más páginas para mostrar el alma de los personajes. Después vinieron Borges, Fitzgerald, Carver, Cortázar y no sé cuántos más que han hecho del cuento un género mayor.

Las historias que se reúnen en Puro cuento son 32 relatos independientes que cuentan, cada uno de ellos, con voz propia. Si se abre el libro, el lector se adentrará en las tinieblas de una cárcel colombiana, se sumergirá en la cabeza de una anciana británica a través de una de sus cartas, así como conocerá la fama que obtuvieron las películas de Tarzán protagonizadas por Johnny Weissmüller en la Rusia de Stalin. Y son solo tres historias de las 32 que contiene un libro que marca un antes y un después en la producción literaria de Yolanda Delgado Batista.

Resulta grato comprobar cuando se leen estos puros cuentos puros que en la mayoría de ellos subyace un sentido del humor que suaviza el pecado que arrastran los personajes que protagonizan las historias.

Hay que escarbar, sin embargo, en cada una de ellas para encontrar la veta de la que emana ese sutil sentido de la ironía que la escritora, no sé si por capricho, se empeña en muchas ocasiones por ocultar, casi como si quisiera que fuera el propio lector quien hallara la clave más que cómica, divertida, que respiran estas piezas que, como destaca el escritor Julio Llamazares en el prólogo del libro, carecen de unidad, son cuentos, cuentos puros o puros cuentos.

Así que Puro cuento ofrece lo que anuncia en su título: un conjunto variopinto de relatos que tocan muchos palos, géneros, y bucea en una serie de personajes que si tienen algo en común es, más que su soledad (la soledad a fin de cuentas es el pequeño reino que se fabrican algunos), un sentido abisal de la individualidad. O de esforzarse en seguir siendo persona.

Saludos, a leer que son dos días, desde este lado del ordenador.

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