FIRMAS

El bar de Pepe. El fantasma de Rita Barberá. Por Joaquín Hernández

Siempre lo he dicho y lo seguiré diciendo; la muerte, por mucho que queramos, no es otra cosa que el transito final del ser humano en este mundo. Quizás el miedo a la parka es lo que nos hace creer que la persona que se va tiene que descansar en paz, quizás sean las creencias religiosas que nos hace que pensemos que es bueno santificar el muerto no vaya ser que regrese del más allá o acá y cualquier noche de estas nos las haga pasar putas.

Si existen los fantasmas y Rita Barbera tiene oportunidad de opositar a un cargo fantasmagórico que se vaya preparando Mariano Rajoy, la Cospedal y la Soraya junto con todo el staff directivo del PP, porque las apariciones de la ex alcaldesa de Valencia con la sábana blanca y el sonido de la cadena, de las que se libró en la tierra, le va a dar un disgusto cada noche. Ya pueden ir encendiendo cientos de velas, haciendo docenas de misas en todas las parroquias de España, días de luto en la Comunidad Valenciana, crespones negros en la bandera de las ches, incluso intentar que el Papa Francisco la beatifique, que como a Rita le den el diploma de fantasma aquí en el PP no se salva ni el gato maúlla.

El cinismo con el que estamos observando la actitud de los ex compañeros peperos respecto a la que durante 24 años fue su icono, el modelo a seguir del perfecto político made in spain, es asqueroso, bochornoso, vomitivo. Aquella que la madre de Soraya Sáenz de Santamaría le ponía como ejemplo de hacer política y ser político, aquella que, según Cospedal, era la mejor alcaldesa de España y a la que amaba el presidente Rajoy y toda su troupe de palmeros, ha vivido los dos últimos años en la tristeza más absoluta y en el olvido más profundo de sus compañeros que antiguamente aplaudían y vitoreaban a rabiar.

Rita Barberá estaba siendo juzgada por su implicación en el blanqueo de dinero para la financiación ilegal del Partido Popular, mil euros blanqueados por el chiringuito montado por el listo de turno del PP y que utilizando a la tonta más útil de todo los tontos útiles peperos obligaba, a los miembros del partido en Valencia, a donar mil euro al PP a cambio de recibir en mano dos billetes de quinientos de forma que se cambiaba el color del dinero negro recogido de las comisiones cobradas a las empresas a las que se les otorgaba la contrataciones públicas de la comunidad autónoma valenciana.

No cabe duda que, aparte de sus lujos viajando, el despilfarro en temas como la fórmula uno y sobre todo la inoperancia de los servicios sociales valencianos que obvio el problema de miseria de miles de ciudadanos, no se puede llamar idiotas a ciento de miles de votantes de la capital del Turia que durante 25 años (1999/2015) estuvieron haciéndolo mayoritariamente a la fallecida Rita Barberá, algo bueno tendría que haber hecho y notados los inventores de la paella. Efectivamente, el bastión del PP en España era la Comunidad valenciana. Gracias a la figura de una de las políticas con más éxito en esta «dictacracia», el Partido Popular ha estado viviendo de la renta de una persona hábilmente utilizada por el gansterismo, por los gánsteres que habitan en la madrileña calle de Génova.

Independientemente de las pesquisas judiciales e investigaciones policiales donde todo hace pensar en que la fallecida era cómplice de la trama financiera, me inclino a creer en mi teoría de que era más facilona de convencer por sus ídolos, no olvidemos que Mariano la apoyaba en todo y «si lo ordena Mariano …» no es de extrañar que el estado anímico de esta mujer en un momento de su vida en la que se encuentra defenestrada por todo aquel que antes le adulaba, pueda provocar enfermedades cardiovasculares irremediables.

Rita Barberá no era lo peor del PP, ni mucho menos. Rita repito y repetiré mil veces era la tonta más útil de Rajoy y su cuadrilla de chorizos a la que le gustaba más un aplauso que mil euros. El caso es que si vamos a su patrimonio en todos los años que ha estado en la función pública (1983/2016) no tiene mucho más de lo que tenía antes de entrar en política. La del «caloret» no metió mano en la lata del gofio, si acaso y sin saberlo dejó meter.

Murió sin poder demostrar la verdad, que no es otra que la idiotez del ser humano cuando le importan más las adulaciones que las critica. Todos le dieron la espalda, los que antes aclamaban luego le dieron la espalda y ahora como buenos cínicos hijos de mala madre lloran su muerte.

Mala muerte morir en la soledad de la habitación de un hotel.

 

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