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¿De qué vas, mano? Por Eduardo García Rojas

El mundo sigue en estas pequeñas islas dispersas por el Atlántico así que mientras unos y otros discuten sobre un congreso al que se le quedó largo o corto según mire lo de congreso, existen animales que dentro de este peculiar y en ocasiones oloroso zoológico, van a su puta bola y eso son, no sé quien lo decía, los imprescindibles.

Por un lado, un editor que baila con el sol se rompe los cuernos sacando adelante una editorial que cuida lo que hace y proporciona de paso alegrías a quien ahora les escribe por descubrirle narradores de este y otros territorios que me han devuelto el sabor de la literatura que te llega a la cabeza y al corazón. En diciembre, Baile del Sol, cumplirá su 25 aniversario y parece un milagro en un país, el canario, tan poco dado a los milagros.

Por otro resiste en una calle de Santa Cruz de Tenerife una librería que se ha convertido en un oasis para los chalados por los libros y los que se mueven porque les va esa cosa tan tóxica como es la cultura. Se trata de la librería de Mujeres, ubicada en la calle de Sabino Berthelot, que fue un francés inspirado que recaló en un poblado, Santa Cruz de Tenerife, cuando este pueblo aún se permitía el lujo de estar inspirado.

Por un lado, Sergio Barreto, que parece un tipo con pintas de troskista recién levantado,  obtiene por unanimidad del jurado de las Justas Poéticas de Laguna de Duero,  el primer premio dotado con 2000 euros y placa por su obra Roma no es bella.

Y por otro, veo al levantar los ojos de la pantalla del teléfono portatil, primero sorprendido y luego igual de sorprendido a un pibe en el tranvía leyendo un libro mientras el resto del pasaje o mira sus móviles o por la ventana, más sus móviles que por la ventana. Otros, los menos, conversan con un amigo y no el vecino de al lado.

Son días extraños pero siempre lo fueron, así de extraños, cuando se aproxima la Navidad, que es una fiesta que asocia a excesos. Y el mundo, le parece, no está para excesos.

Eso dice, aunque le pese dolorsamente la ausencia, y la sensación de que la muerte es punto y final a la experiencia de la vida, que es la existencia de todos los días hasta que el cuerpo hace catapún chimpún.

Unos y otros, lo sabe, solo saben que no saben nada. Pese a que en este zoo sean los menos, quizá los inteligentes o los más idiotas de un espacio acotado al que ya cubre la podredumbre.

¿De qué vas, mano?

Saludos, y yo qué sé, desde este lado del ordenador.

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