FIRMAS Marisol Ayala

Inesperado encuentro. Por Marisol Ayala

Llegué a la fiesta de madrugada. Fiesta de amigos a la que acuden amigos de amigos. En la puerta, sentado en un banco, un joven alto y guapo arropaba a un niño adormilado. De pronto se levantó y escuché a mí lado un tímido “hola… ¿no te acuerdas de mí?”. Instintivamente miré a un lado y vi a una persona cuya presencia me ayudó a encajar las fichas que me permitieron identificar al hombre apuesto, de complexión fuerte y manos largas que iniciaba un abrazo cariñoso. Desde que me facilitó unos datos recordé con exactitud, incluso cómo era el apartamento donde nos vimos. Supe enseguida quien era y cómo y cuándo le había conocido.

Su historia era la de un jovencito rumano que había llegado a nuestra ciudad a finales de los 90 a bordo de un pesquero, sin papeles, sin dinero, sin saber una palabra de español, sin nada… En la más absoluta desprotección. Un amigo al que conoció lo hospedó en el apartamento que menciono y fue el que me llamó para que contara en La Provincia su caso, un caso que tenía mucho que ver con Chernóbil, con huir de aquel infierno al que no pensaba volver. Varios familiares fueron víctimas del accidente nuclear.

Publiqué su historia. Relatamos su situación y jamás supe de él. Tenía la seguridad de que había sido devuelto a su país pero aquella noche supe que estaba en un error porque me contó que en Las Palmas de G.C. halló una red de amigos que le dieron cobijo. Además un día se cruzó en su camino una joven canaria con la que tuvo el niño que acunaba entre sus brazos. Hablamos de la alegría que suponía encontrarlo y verle feliz. Entonces me contó que el reportaje que hicimos le ayudó a encontrar a esos amigos que le protegieron y le cambió su vida. La noche del reencuentro hicimos fotos y percibí su gratitud. Hoy, mirándolas, lo he visto guapo y feliz…Pensar que algo he tenido que ver en su bienestar actual me enorgullece. No está mal. Y es que a veces, inesperadamente, la memoria hace hermosos regalos.

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