FIRMAS Francisco Pomares

A babor. El precio de la lealtad. Por Francisco Pomares

Miguel Zerolo ha sido el primero de los acusados por Las Teresitas en declarar ante el tribunal, sin sorpresas en su línea de defensa: ha vuelto a insistir en que su objetivo era responder a la demanda ciudadana de «salvar la playa» y evitar que se edificara en su frente, y que confiaba que sus esfuerzos en ese sentido fueran aplaudidos y recompensados por los ciudadanos. Ha dicho más, claro. Por ejemplo, ha reconocido que fueron los empresarios quienes fijaron el precio final de la compra, con un «lo tomas o lo dejas», que Zerolo escuchó -según ha contado- de Ignacio González, y que el exalcalde considera suficiente explicación para haberla liado parda en el trámite de valoración de la playa, forzando a las tasadoras a llevar el precio hasta donde los empresarios querían.

El resto de la declaración de Zerolo -sometido a un intenso tercer grado por el equipo fiscal- consistió básicamente en hacerse el sueco -«no sé, no sabía, no me consta, no se me informó, no tuve conocimiento»- y en responsabilizar a Manuel Parejo, su segundo, y a los funcionarios municipales de todo el trámite. Zerolo ni hablaba, ni escuchaba, ni veía nada de lo que pasaba a su alrededor. Todo fue culpa de los otros. Supongo que algunos se escandalizarán por el cinismo del exalcalde -a veces yo cedo a esa tentación- pero no sé qué harían ellos -o qué haría yo- si les tocara estar sentados en el banquillo en un juicio con una petición de ocho años de prisión. Zerolo tiene derecho a defenderse, incluso a protegerse detrás de su infantería y sus coroneles, a los que parece haber convertido en candidatos al sacrificio. Pero produce cierto rubor verle señalar a los funcionarios que obedecían mansamente sus instrucciones, o al leal Manuel Parejo, chivo expiatorio de este y otros asuntos municipales de la «época Zerolo», un hombre que hizo todo lo que pudo y supo por cumplir el encargo de su alcalde sin violentar la legalidad. Es cierto que Parejo se excedió en el cumplimiento de sus obligaciones, forzó esa legalidad -probablemente hasta romperla- y que sucumbió al entusiasmo de entregar al alcalde y al ayuntamiento la solución que alcalde y grupos municipales le encomendaron unánimemente. Porque para él, el éxito de la operación de Las Teresitas era probablemente una demostración de su propia capacidad para negociar y resolver un encargo muy complejo.

Mi intuición es que Parejo no se engolfó, y que -a pesar de eso- va a ser uno de los que paguen el pato en esta truculenta historia. Estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado, y se equivocó él mismo varias veces. Además, es un personaje menor -sacrificable- en este psicodrama en el que los que pusieron el cazo o multiplicaron su fortuna posiblemente salgan de rositas, sin merma de su honor y capital.

Así funciona esto: la verdad judicial tiene algunas veces muy poco que ver con la verdadera justicia. Es solo una caricatura -con frecuencia muy deforme- de lo que realmente ocurrió. Funciona como un consenso aceptado por los que no son destruidos por ese consenso. Van pasando los días de juicio, se suceden las declaraciones, y al final -dentro de unos meses- tendremos sentencia y sentenciados. Así será. Sin duda. Pero yo tengo cada vez más la impresión de que en este teatro ni están todos los que son ni son todos los que están.

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