FIRMAS Salvador García

Hay que quedarse. Por Salvador García Llanos

Es más, creemos, que una cuestión de piel fina o sensible. Cierto que es muy difícil acertar con las formas de protestar pero no parece que ausentarse de un pleno o reunión institucional sea la decisión más atinada. Porque a las instituciones se va a trabajar, a representar al pueblo o a los electores, con el fin de defender ideas o programas, de presentar alternativas, de promover iniciativas o de fiscalizar la acción de los gobernantes. Se está en ellas para contribuir, aún en la oposición, a la defensa de los intereses generales. Y, en fin, para dejar testimonio de que los asuntos públicos interesan, por lo que dejar constancia de una posición es lo consecuente.

Antes de que se marchara la representación de Podemos de un reciente pleno de las Cortes por disconformidad con una resolución de la presidenta en un turno de alusiones (volvió a los pocos minutos; era el numerito para ganar foco y espacio mediático ), ya hicieron algo similar otros grupos políticos en distintas instituciones. Y siempre nos pareció una actitud merecedora de reprobación.
Puede ser poco ortodoxa la dirección de los debates, o algunas determinaciones derivadas de los mismos, o un exceso de autoritarismo, o una aplicación inapropiada de preceptos reglamentarios… pero eso no debe dar pie a levantarse de los asientos y ausentarse del foro. Porque así, haciendo eso, es fácil hasta perder la parte de razón que pueda asistir a quienes protagonizan esa intempestiva salida. De ello se puede discrepar -después de expresar el rechazo o la disconformidad con la actuación de la presidencia, para que conste en acta- mediante cualquiera de los recursos que quedan a los “damnificados”, incluso extrainstitucionales.
Pero en los órganos hay que quedarse, hay que estar de principio a fin, máxime si son abiertos o si tienen trascendencia exterior. Es una actitud de responsabilidad política, la que procede y la que cabe exigir a quienes están en esos foros representando a parte de la ciudadanía.
La democracia española está necesitada de sosiego, de conductas edificantes y de comportamientos institucionales alejados de la algarada y de la trifulca. Son los políticos quienes deben dar ejemplo, no sea que con salidas de tono o de pata de banco aumenten el desapego de la sociedad a todo cuanto envuelve la política. Cuando la legítima discrepancia da pie a exabruptos o extravagancias, a despropósitos que solo abonarán el desprestigio, se estará cultivando un terreno negativo que desilusiona a mucha gente y desalienta a quienes ya han ido amontonando síntomas de escepticismo o hartazgo político.
Y es que a las instituciones se va a trabajar, no a ausentarse por un quítame allá ese turno.

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