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Cuando el violador es el vecino dar la noticia no es fácil. Por Marisol Ayala

Hoy pasé por un edificio de mi barrio de siempre, Alcaravaneras, y recordé que hace años en ese portal intentaron agredirme. En esa casa vivían los padres de un médico traumatólogo de Las Palmas de Gran Canaria que había sido acusado y posteriormente condenado de violar a una joven de Fuerteventura que viajó a Gran Canaria para acudir a su consulta. La chica sufría dolores de espalda y él le quitó las bragas y le abrió las piernas para auscultarle la espalda… Cubrí la información y el juicio de manera que como entenderán su familia no me quería bien. Me odiaba. Como si yo tuviera algo que ver con los manejos de su galeno. El fulano, al que conocía de adolescente porque jugaba con mis hermanos, insistía en su inocencia y lo cierto es que a su pobre familia le hundió la vida. Les recuerdo como gente en buena posición económica y casa de tres pisos en la que habitaba toda la familia. Vivían a tres calles de la de mis padres.

Fue uno de los primeros juicio en los que una mujer se había atrevido a denunciar a un médico y nada menos que por violación. La denunciante era de Fuerteventura. El juicio fue un espectáculo porque el acusado apareció en la Audiencia Provincial de Las Palmas con una peluca para que no lo reconocieran los periodistas pero le sirvió de poco. Yo lo reconocí y alerté al fotógrafo. El acusado acabó condenado e inhabilitado para ejercer la medicina. Ingresó en prisión naturalmente. Un día al pasar por la casa que menciono la madre y el hermano del violador me echaron el coche encima. Un leve golpe en la pierna. Casi me atropellan. A gritos me llamaron de todo. Tuve suerte. Para ellos yo era la culpable única de que el médico, orgullo familiar, acabara en la cárcel por violador. No los denuncié porque pensé que bastante tenían ya (especialmente la madre) para añadirle más dolor a su complicada situación.

Durante el proceso judicial quedó probado que el tipejo sedó a la chica para manipularle la columna y aprovechando su estado la violó. Recordé el suceso al pasear por el barrio en el que vivíamos el condenado y yo. La joven víctima, una chica alta y guapa se trasladó desde Fuerteventura a las Palmas de GC para declarar en el juicio en medio de la gran expectación que había despertado el caso. La sala de la Audiencia Provincial estaba llena. En ese alboroto a ella le preguntaron si quería declarar a puerta cerrada y su respuesta fue un valiente; “no; yo no tengo nada que esconder, el procesado sí”.

Sin duda una de las personas que peor lo pasó durante el proceso fue mi madre que a veces coincidía con la del violador en las tiendas del barrio y para ella era violento. Imaginen. Un día la señora tuvo unas palabras con la mía en el sentido de que yo le estaba haciendo mucho daño a su hijo “y parece mentira”, suplicó, “siendo vecinos de toda la vida”. Mi madre me lo contó porque comprendía el dolor de la vecina. Pero ella me conocía.

Entendí a mi madre y entendí a la madre de aquel desalmado pero también entendía a la chica, así que cubrí el juicio hasta que se dictó sentencia.

Gajes del oficio.

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