FIRMAS Marisol Ayala

La misma medicina. Por Marisol Ayala

Siempre fue un tarambana pero cada día se superaba a sí mismo. Después de mucho aguantar una tarde su mujer lo sentó en el salón y le dijo adiós. Se hartó de sus idas y venidas, de su ausencia permanente, de cuidar hijos, de atender al machito y cogió puerta. Desde aquel instante los dos hijos adolescentes pasaron a su cargo sin trámite administrativo alguno. Por imposición materna. Ella era joven y decidida a recuperar el tiempo perdido. Estaba hasta la coronilla. Durante años se dedicó a protestar de puertas adentro pero al callejero por un oído le entraba y por otro le salía. Ni caso. El día del salón sí la escuchó con atención y se percató de que las quejas de su mujer no las escucharía más. Ella sabía de sus hijos, a los que veía con frecuencia, pero ya desde otra casa y con una nueva pareja con la que reencontró aquella felicidad que se diluyó como un azucarillo a los pocos meses de nacer el primer chiquillo. Cuando las amigas le preguntaban qué había pasado ella solo decía “quiero ser feliz, vivir”. En aquella relación ya no había nada. Apenas se hablaban. Discusiones y reproches.

Al tambanana le gustaba la cocina y a partir de aquel día fue padre y madre de sus hijos; le habían parado las patas. Pero ya sabemos que los hijos son abusadores y si les das la mano, van a por el codo. Mientras lo necesitaron él lo soportó todo. Se tuvo que interesar por los estudios de los chicos, enfermedades y contratiempos de sus vidas. No le quedó otro remedio. Conocí la historia por amigos comunes y por ellos supe también que aquellos dos hijos lo hicieron abuelo, lo que quiere decir que en ocasiones preparaba comida para hijos, nueras y nietos. Como ya habrán imaginado no es mal tío pero se enredó en tareas domésticas y su vida se limitó a la casa y a sus hijos pero poco a poco se fue hartando de los abusos domésticos, los mismos que había sufrido su mujer durante los 15 años de matrimonio. Observando que los hijos lo tenían como el “papá para todo” y con exigencias no lo dudó; conoció a una mujer y se marchó. Dejó hijos y nietos y que se sepa no dijo ni adiós. Ahora los visita.

Se hartó, como ella. Probó la misma medicina.

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