FIRMAS Salvador García

Gallegadas. Por Salvador García Llanos

Muy pocas cosas causan asombro en política a estas alturas. Hasta quienes acuñaron lo de nueva política, protagonizan o viven hechos que abundaron en la de prácticamente toda la vida democrática. Ay, esos vicios tentadores que todo lo pueden. Pero, bueno: cuando surgen episodios singulares, de esos que llaman la atención, hay que fijarse en su razón de ser, dar respuestas a algunos porqués, aunque luego las repercusiones sean de perfil bajo o apenas den para dos o tres subjetividades tertulianas o para esas columnas que leen los fieles.

Un par de gallegadas, advertidas en lontananza de una campaña en la que la noticia más repetida ha sido el triunfo en las encuestas por mayoría absoluta del candidato popular, Núñez Feijóo. Poco se ha reparado en que en la cartelería y otros soportes de campaña no aparezcan los logos del Partido Popular. Cada organización es libre, desde luego, de exhibir a su manera, la que más le convenga, sus señas de identidad. Y si éstas son suprimidas, se puede argumentar y allá las evidencias; total… Cuando no se pone el logo en vallas, carteles o trípticos, alguna razón habrá. Pero a una buena parte del electorado, eso le da igual. Un compañero de antiguas lides televisivas, se refirió al hecho en vísperas de unos comicios municipales, como una forma de que no se identificara a los candidatos socialistas con el partido de ZP, decía él. No sabemos si ahora mantiene el mismo criterio. El candidato del PP a la presidencia de la Xunta zanjó días pasados la cuestión: “Todo el mundo sabe que soy el candidato del Partido Popular”.
La otra gallegada: el socialista Abel Caballero, alcalde de Vigo, ha hecho, en plena campaña, una declaración pública de lo más insolidaria. En referencia al candidato del PSdeG, Xoaquín Fernández Leiceaga, ha dicho: “No es mi candidato ni mi lista”. Por supuesto, Caballero no participa activamente en la campaña ni aboga públicamente por Fernández, ganador de unas controvertidas primarias, reflejo de las pugnas intestinas del socialismo gallego desde que se empeñaron en liquidar a Juan Carlos Touriño. El alcalde vigués se queja de que no le han pedido opinión ni ayuda. Por todos esos motivos, y porque ha concentrado todos sus afanes en ser reelegido (“solo un objetivo, por encima incluso de mi partido: Vigo”), Abel Caballero, disconforme con resoluciones orgánicas, protagoniza una de las conductas más insolidarias e inapropiadas que se recuerda. Con hechos así, ¿es de extrañar que su partido siga retrocediendo, Núñez Feijóo amase una nueva mayoría y el nacionalismo galego gane respaldos y peso político en aquella comunidad? 

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