FIRMAS Francisco Pomares

A babor. La gula. Por Francisco Pomares

Un descuadre de casi 125.000 euros en el saldo de caja del Recinto Ferial de Tenerife provocó hace unos días la remisión a la fiscalía de una denuncia contra el ya jubilado jefe del Departamento de Administración y Contabilidad, Ignacio Castillo Melo, al que se acusa de apropiación indebida y malversación de caudales públicos. La denuncia fue presentada el viernes pasado por el director gerente del Recinto, Ignacio Pintado, fulminantemente cesado el martes, en una decisión política que huele a cortafuego. Porque no es la primera vez que se produce una situación parecida en empresas u organismos dependientes del Cabildo de Tenerife. Ya pasó lo mismo en 2014 con Simpromi, cuando se detectó que su director financiero, Andrés Pereira, llevaba años apropiándose de cantidades que en total llegaron a sumar 1.600.000 euros. El hombre usó parte del dinero sustraído para favorecer al equipo de fútbol sala del que era presidente, y en el que se le consideraba un héroe munificente.

En todas partes cuecen habas, desde luego. El Cabildo de Tenerife es la mayor empresa de Canarias, con decenas de miles de empleados y multitud de organismos autónomos, empresas públicas y empresas participadas. De vez en cuando es razonable que se detecten situaciones como estas, que ocurren también, con menos ruido mediático, en las empresas privadas, grandes y pequeñas. Lo que realmente sorprende en estos dos casos -el de Simpromi y el del Recinto Ferial- no es que alguien cometa una golfería, sino que pueda seguir cometiéndola durante años sin que se detecte. Pereira estuvo llevándose dinero de Simpromi durante cuatro años, emitiendo cheques y falsificando la firma de su consejera delegada, sin que nadie se diera cuenta. Y en el Recinto, todo indica que Ignacio Castillo lleva también muchos años, como mínimo desde antes de 2011, quizá desde 2005, derivando fondos de la venta de entradas -sobre todo del PIT, el parque infantil navideño- a su propio bolsillo. Cuando se detecta el presunto desfalco, poco antes de su jubilación, Castillo acepta que se destine parte de su finiquito de 24.000 euros -en tanto se realice una auditoría más prolija que las realizadas anualmente- para cubrir provisionalmente las cantidades que pudieran faltar. Y firma un documento autorizándolo. Dos meses después, todo se dispara: la cantidad se convierte en estratosférica, Pintado denuncia el caso ante la Fiscalía y Carlos Alonso -que se entera del asunto con la denuncia ya presentada- cesa al propio Pintado. Por supuesto, la oposición del Cabildo reclama responsabilidades políticas. Es legítimo que lo haga.

Pero a mí me inquieta más la extraordinaria transformación de dos responsables financieros, una joven promesa con futuro y un contable próximo a la jubilación, que hace algunos años detrajeron parte del dinero bajo su control -quizá para hacer frente a algún apuro y con la intención de devolverlo después en una operación de caja-, pero luego perciben que no se les descubre, y acaban enganchados a una sistemática de rapiña constante: 1.600.000 euros el joven Pereira y 125.000 el cajero Castillo. Ambos se dejaron arrastrar por el doble efecto del dinero accesible y escamoteable y por la percepción de impunidad. La gula les comió. Tratar con dinero sin dejarse tentar por él requiere estar hecho de una pasta especial. Es asombroso que incluso personas entrenadas específicamente para manejar dinero sucumban con tanta facilidad ante la fascinación que produce lo fácil.

Añade un comentario

Clic aquí para publicar un comentario