FIRMAS Salvador García

La política busca; los sucesos, no. Por Salvador García Llanos

Es una gran verdad la que escribe la investigadora de la Universidad de Sevilla, profesora Rosa María Rodríguez Cárcela: “La información política buscaba al periodista, mientras que la información criminal tenía que ser investigada por el periodista”. Hoy en día, la situación es muy coincidente, salvando las circunstancias tecnológicas, líneas editoriales y alguna otra.

Pero es así: la política lo es todo, o casi todo. Las instituciones, los partidos, los núcleos de información política generan considerables volúmenes de datos, enfoques, declaraciones, relatos históricos y previsiones que son trasladados a redactores, más o menos especializados, hasta inundar su mesa de trabajo de modo que solo sea necesario hacer las llamadas indispensables para su verificación o un mínimo contraste. Hechas las excepciones de los grandes acontecimientos (investiduras, tomas de posesión, cumbres, dimisiones, votaciones de alguna ley, relevos…), prácticamente es innecesario acudir al lugar de los hechos. La información política fluye incesantemente y busca al periodista porque es su propio interés.
 
La profesora Rodríguez Cárcela, en un trabajo publicado por la Revista Internacional de Historia de la Comunicación del que se hizo eco Fernando Pérez Ávila en Diario de Sevilla, diferencia esta dinámica -¿o cabe decir también mecánica?- de lo que ocurre con los sucesos, sección que, junto a los deportes, sobrevive gracias a que exige presencia física para la adecuada y más creíble cobertura y al entusiasmo y desvelos de quienes tienen encomendadas las tareas correspondientes.
 
La “información criminal”, como llama Rodríguez Cárcela, obliga, de inmediato a una mínima búsqueda. Se trata de desplazarse al lugar de los hechos: un siniestro, un accidente, un caso de violencia de género, una violación, un encierro, un incendio, un secuestro… Hay que ir allí para ser notario de lo que acaece, para preguntar a testigos y a fuentes oficiales. Pero hay que moverse, hay que hacer una investigación de mínimos.
 
Pero esto no hay que confundirlo con el protagonismo, tendencia que se ha advertido en algunos profesionales, enviados especiales o presentes, sencillamente, en la que -por seguir a la profesora Rodríguez- sería la escena del crimen. Recordemos lo ocurrido con aquellas imágenes de los atentados terroristas de París o Bruselas. Se trata de evitar que peligre la integridad física, por un lado; y que un exceso de audacia o de celo del profesional desvirtúe o desvíe lo esencial de la noticia.
 
Otra cosa, en ese sentido, es el tratamiento que se le dispense a la información con ulterioridad. Los riesgos de amarillismo son evidentes. Se trata de no incurrir en alarmismos ni exageraciones. “Son los días en que la gente compra por fin el periódico”, nos dijo una vez un gerente que se entusiasmaba, en una suerte de morbo, con tres o cuatro páginas de abundante información gráfica. Puede haber, en efecto, una mayor demanda informativa pero debe primar siempre el equilibrio y el rigor, entre otras cosas, para conferir los adecuados valores de haber estado sobre el terreno y haber iniciado un trabajo -aún con las exigencias de la inmediatez y al apremio- basado en la visualización y la investigación elemental de lo sucedido.
La credibilidad se gana ahí.

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