FIRMAS Marisol Ayala

La lectora enfadada. Por Marisol Ayala

Fueron años en los que en Gran Canaria personas con obesidad mórbida exigían ser operadas. Había mucha sensibilidad y bastantes afectados. De ser gordos, pasaron a obesos y poco después a obesos mórbidos. Lo reclamaban no solo por razones estéticas; había que reducir el estómago y combatir un sobrepeso que implicada un riesgo en sus vidas. Se quejaban con razón y batallaron para que el SCS les hiciera hueco en el quirófano pero la lista de espera era larga. Un día decidimos hacer un chequeo para conocer el número de personas con ese perfil solo en Gran Canaria estaban pendientes de ser operados. Por esas fechas conocí la muerte de tres enfermos en un corto espacio de tiempo. Son intervenciones arriesgadas. Y en eso estaba cuando alguien contó que en una clínica privada un joven de 18 había muerto en esos días. No superó la intervención. Dada la edad y el estado de salud del chico, la operación se afrontaba con preocupación. Tenía que ser cuidadosa al publicar la noticia porque podía asustar a los enfermos que aguardaban el mismo proceso quirúrgico. Hablé con el cirujano que lo operó para saber qué había ocurrido pero era reacio a dar explicaciones. Un error ya que certificado el fallecimiento del paciente, con los datos que había recabado, ya podía redactarlo. Quise hablar con sus padres pero un familiar aportó detalles desde el dolor. Hablé de nuevo con el médico y le comenté “te vas a enredar. Cuenta lo que ocurrió sin más”. Nada hay que ocultar”.

Y así fue. Explicó que la operación se complicó cuando al enfermo inició problemas de coagulación que ya tenía; respondió mal y falleció. Entró al quirófano con ese riesgo pero muy controlado porque la operación no podía esperar más. Se publicó lo sucedido y la familia respondió con silencio. Nunca supe quienes eran.

Hace dos semanas recibí el correo de una lectora. Para ella aquel chico era como un hermano. En la misiva cuenta que llevaba años enfadada conmigo y que juró no volver a leerme jamás. Le dolió ver la historia de su amigo publicada y durante años cumplió su promesa. No me leía. Pero el tiempo a veces es curativo y hoy la lectora, generosamente, reconoce que aunque prometió no leerme hoy sigue mis textos y con algunos se emociona. Ha roto su promesa. Cree que la dura experiencia vivida le ha enseñando a caminar sin rencor y con esperanza.

Y yo lo agradezco mucho.

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