FIRMAS Marisol Ayala

El peor camino posible. Por Marisol Ayala

Coincidimos en la presentación de un libro y vi que me miraba. No llegaba a los cuarenta años, ni gordo ni flaco. Cuando terminó el acto se acercó y preguntó si le recordaba, “no, la verdad”, le dije. “Veo que tú a mi sí ¿no?” Asintió. “Soy primo de Male…”. “Male, Male, Male…” pensé en unos segundos “¿La chica de Las Rehoyas?”. Sí. Era ella. La barriga me dio un vuelco. Buscamos un lugar donde hablar. Nos quedamos solos.

Era un adolescente cuando su prima marcó la vida de la familia y siendo como era una chica lista, buena estudiante, acabó acusada y posteriormente condenada por la muerte de un traficante, un capo de medio pelo, pero capo al fin. Male tenía poco más de 20 años estudiaba en el Instituto cuando comenzó a coquetear con la droga y al tiempo separarse de los suyos. De ahí al tobogán que la llevó al infierno fueron dos pasos. Su familia desconocía la otra vida de la chica y recorría la ciudad en su búsqueda. Cuando la hallaban prometía que esa misma noche iría a casa pero nunca lo hizo. Su madre era un alma en pena. Viví de cerca la tragedia de la familia. Poco se podía hacer si ella no quería; la droga y su mundo la había hecho prisionera.

Una mañana después de una de esas largas ausencias una foto en la prensa encendió las alarmas en la casa de Ciudad Alta. “Detenida una joven como presunta autora de la muerte de un traficante”, era el titular. Se madre la reconoció por el chándal con el que se cubría el rostro. Acabó en la cárcel. En el juicio la criatura contó lo ocurrido la última noche de vida del traficante que la convirtió en experta catadora de crack. Ella lo probaba y él ponía precio y surtía a sus clientes.

Estaba atrapada. Una de esas noches de locura Male colocó un cuchillo debajo de la almohada y cuando el demonio se abalanzó sobre ella, se lo clavó. Murió en el acto; la chica huyó del apartamento hasta que fue detenida. Días de horror que su primo conmovido recuerda. “Aquello destrozó nuestra familia. Mi prima era una niña buena, tranquila pero ya ves lo que hace la droga”. Cuando subía a la cárcel le llevaba una pulsera y ella me regalaba una poesía. Y así hasta que murió.  

Era un amor de niña. La droga se enamoró de ella.

 http://www.marisolayala.com/

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